Valentina Berr y la política de las rupturas

Valentina Berr y la política de las rupturas

@valentina.berr

Fotos: RMM, Hannah Cauhépé

Entrevista: Luis De Gouveia Sousa.

Especial Orgullo 2026

En tu proyecto Otros rastros y en los libros de la colección (h)amor, pones el foco en las rupturas y en las exnovias. ¿Por qué te interesa tanto explorar el final de las relaciones? ¿Qué encuentras ahí a la hora de escribir?

En lo personal, busco más que encuentro. Busco relatos que me representen más que los que ya existen. Se ha hablado mucho de cómo se construye el amor romántico, se han politizado mucho los afectos, pero siempre me he sentido muy poco representada por la lectura general que se hace de los desafectos. Siento que todavía hay un arraigo muy fuerte de la cultura heteronormativa y monógama a la hora de entender las rupturas y el desamor. Además, en particular como lesbiana, siento que aquí hay mucho que rascar, porque la forma en la que las les/bi/anas nos relacionamos con la figura de la ex tiene especificades muy interesantes que están siendo sistemáticamente ignoradas. La cultura audiovisual y literaria cada vez está más llena de relatos heteronormados de las vidas bi-bollo. Siento que el mundo tiene una deuda con nosotras y con nuestras historias de amor y desamor torcidas y tiernas, pero no me bastaba con señalarlo, así que me he puesto manos a la obra a escribir para que eso cambie. Y como no creo que mi relato sea el único posible, siempre animo a quienes sientan que sus historias de desamor no estén reflejadas en los libros/canciones/pelis/series a que hagan lo propio: estoy deseando leerlas, escucharlas, impregnarme de lo que nos cuenten.

Hay una parte del discurso sobre el amor y las relaciones que sigue estando escrita desde una lógica muy concreta: la del romance normativo, el cierre ordenado de las historias y la idea de que las rupturas son siempre finales claros. Valentina Berr escribe desde otro lugar. En sus textos, el desamor no es el punto final, sino un espacio lleno de restos, contradicciones y preguntas que todavía no tienen una forma estable.

A través de proyectos como Otros rastros o la colección (h)amor, Berr ha ido construyendo una forma de pensar y narrar las relaciones les/bi/anas que se aleja de los modelos heredados. Sus textos no buscan ordenar la experiencia afectiva, sino abrirla: a lo incómodo, a lo colectivo, a lo que se repite en los vínculos y también a aquello que se resiste a ser explicado de manera sencilla.

En el marco del Mes del Orgullo, hablamos con la escritora y divulgadora sobre las formas en las que entendemos las rupturas, las violencias y los cuidados dentro de los espacios queer, la tensión entre comunidad e idealización, el desgaste de tener que explicar constantemente la propia identidad y la necesidad de seguir escribiendo relatos que no encajen del todo en ningún molde previo.

Existe cierta tendencia a idealizar los espacios colectivos como si fueran burbujas libres de problemas. Desde tu perspectiva y por los talleres que das, ¿cuáles son los mitos o las dinámicas de poder que más cuesta cuestionar dentro del propio entorno lésbico y feminista?

Sí, es una tendencia comprensible porque el afuera es muy hostil con nuestras formas de existir, a veces idealizamos como modo de supervivencia. Pero, en efecto, esa idealización muchas veces va en contra de nuestra propia supervivencia, porque ser lesbiana, bi, trans, mujer, negra o disca no nos exime de reproducir y ejercer violencias, violencias que todavía no hemos aprendido a decodificar colectivamente. Esto creo que es uno de los mayores retos a los que nos enfrentamos como comunidad: aprender a identificar las violencias que se reproducen en nuestros espacios, a acompañar a quienes las están sufriendo, también a quienes las están ejerciendo… A su vez, escucho a muchas compas migrantes y racializadas quejarse de que nuestros espacios todavía son muy euroblancos, no solamente porque estén liderados y copados mayoritariamente de gente blanca, sino porque están mediados por la colonialidad, por la fragilidad blanca y por una complicidad derivada del racismo interiorizado que se pone de lado ante según qué situaciones a la hora de abordar conflictos. Eso acaba expulsando o disuadiendo a mucha gente no blanca de ocupar según qué espacios. Quiero pensar que estamos en proceso de cambiar esto.

En tus biografías sueles decir que eres "mujer trans de profesión". Detrás de la ironía, ¿sientes que explicar tu identidad se ha convertido en una especie de trabajo exigido por el resto del mundo? ¿Cómo se gestiona el desgaste de tener que estar siempre educando a los demás?

Cuando hago esa coña es porque, para mí, el género siempre implica un trabajo. También antes de transitar. El otro día paseaba por la calle y me encontré con una peluquería masculina que se llamaba “MACHO”, y me compadecí de todos los esfuerzos que hacen los hombres cishetero por no ser percibidos como maricones o como chicas. Ser cis también implica mucho trabajo constante de reafirmación de género. Sin embargo, eso no quita que existir en esta sociedad como persona trans también implica mucho, mucho trabajo, sobre todo en relación con la mirada ajena y la mirada propia. Aun así, yo no siento que mi género sea algo que forme parte de mi identidad de forma inherente, es algo que podría estar más bien en un epígrafe de autónomos, como quien se define como carpintera o cerrajero. Y respondiendo a tu segunda pregunta, para mí el desgaste de educar constantemente para mí se gestiona escogiendo bien cuándo, cómo y en qué términos se establece esa conversación. En mi libro La respuesta a todo lo que preguntarías a una tía trans hablo de muchas de las inquietudes que me he encontrado por parte de gente que me ha hecho preguntas -muchas veces muy íntimas- sobre mi tránsito, pero lo hago porque es el espacio que yo quiero (mi libro, en este caso), cuando yo quiero, exponiéndome hasta donde yo deseo y con una condición: que la interlocutora también se haga preguntas sobre su propio género. Para mí, educar así pasa de ser algo agotador a algo gratificante y verdaderamente transformador.

Junio es el mes del Orgullo y las marcas e instituciones buscan perfiles como el tuyo para rellenar sus eventos de diversidad. ¿Cómo decides dónde poner el límite entre aprovechar esos altavoces y negarte a que te usen solo para cumplir con la foto de la cuota?

Debe de ser por mi insistencia en vincular la lucha queer con el anticapitalismo porque, por mucho que salga en la tele y en todos lados, las marcas pasan de mi cara (ríe). Desde luego estoy muy desaprovechada porque saldría monísima en sus anuncios a cambio de cobrar unos miles de euros por ello. Ahora hablando en serio, es muy complicado ser 100% coherente con tus valores a la hora de trabajar cuando eres considerada algo así como un personaje público y a la vez eres sumamente precaria, pero sí pienso que unos mínimos te debes exigir. Yo he dado charlas para instituciones públicas gobernadas por partidos que no me representan, por ejemplo, cosa muy incómoda. Pero más que un límite rígido, yo lo que hago es investigar quién me está contratando, analizar qué causas injustas se les señalan, y reservar una pequeña parte de mi intervención para servir de altavoz a las personas o colectivos organizados contra ello. Por ejemplo, participé en unos ciclos de charlas en las Biblioteques Públiques de Barcelona, y aproveché para visibilizar en las propias charlas las reivindicaciones de sus trabajadoras, organizadas para luchar contra las condiciones laborales pésimas en las que trabajan. Si por contrato me prohiben hacer esas cosas, muy raro será que acepte ese trabajo.

En (h)amor ex se habla mucho de cómo las rupturas no solo afectan a la pareja, sino a todo el grupo de amigas y al entorno común. ¿Cómo se gestiona el desamor sin destruir la comunidad? ¿Se puede ser "buena ex" dentro de los espacios colectivos o es un mito que nos autoexigimos?

En referencia a los espacios colectivos, en muchos de los espacios les/bi/anos que yo habito eso se gestiona como se puede, a veces no de forma ideal, pero se gestiona, y eso dice mucho de cómo los construimos. Creo que, en parte a causa de los pocos espacios queer que existen en los que los hombres cis no estén en el centro, hemos terminado asumiendo que tenemos que luchar por cada pequeña parcelita que ocupamos, cueste lo que cueste. Eso se traduce en que muchas veces nos encontramos con círculos muy conectados, muy endogámicos, y por tanto no es tan sencillo como dejar de ir a X fiesta o a X bar de confianza y buscar otro si lo dejamos con nuestra novia, porque la mayoría de las veces literalmente no existe otro.

Luego, sobre gestionar el desamor sin destruir la comunidad y el tema de ser “buena ex”, yo creo que una de las claves está en entender que las relaciones humanas son complejas, y más cuando hay sentimientos intensos de por medio. No se puede esperar ejemplaridad de alguien en todo momento, ni tomar decisiones categóricas ante según qué actos puntuales. Eso no significa que tengamos que mirar hacia otro lado ante situaciones de violencia sostenidas en el tiempo, por supuesto, hablo de cagadas puntuales o los típicamente juzgados en el contexto de una ruptura, como podrían ser unos cuernos, desencuentros, mentiras, que montemos o nos monten un buen pollo… cosas que pueden ser muy desagradables, pero que por sí solas no pueden condenar a alguien al ostracismo permanente. Todas nos podemos comportar como una mierda de persona en según qué circunstancias, y todas podemos sentirnos enormemente dolidas ante cosas que nos hayan hecho, pero una cosa son las necesidades individuales que tengamos las personas involucradas y otra cosa es cómo actuamos colectivamente ante ello.

Editado en España