Sostener la escena desde los cuidados: hablamos con Luis Villegas Negró (ONG STOP) sobre salud sexual y comunidad
Sostener la escena desde los cuidados: hablamos con Luis Villegas Negró (ONG STOP) sobre salud sexual y comunidad


Entrevista: Luis De Gouveia Sousa
Siguiendo la línea que nos hemos planteado para este mes, donde nos propusimos mirar la cultura desde otro lugar, ampliando el foco para reconocer a quienes sostienen la escena desde posiciones creativas, políticas y vitales, en este junio nos parecía indispensable incorporar otras ideas y perspectivas a la conversación. Por eso, tuvimos la oportunidad de hablar con Luis Villegas Negró, activista comunitario, parte de la ONG STOP.
Con sedes en Barcelona y Sevilla, esta entidad lleva más de dos décadas haciendo un trabajo silencioso pero vital: desde la promoción de la salud sexual y el acompañamiento psicosocial, hasta la reducción de daños y la defensa firme de los derechos humanos de la comunidad LGTBIQ+. No lo hacen desde una distancia clínica o institucional, sino desde el propio pulso colectivo, entendiendo el bienestar como una responsabilidad compartida.
Luis, quien actualmente se desempeña como gerente de la entidad y coordinador del servicio profesionalizado y la comisión de voluntariado ChemSex Support, es diplomado en Trabajo Social y posgraduado en ITS por la UAB. Desde 2001 trabaja en la atención social dirigida a personas LGTBIQ+ que ejercen el trabajo sexual. Además, participa activamente en la Taula de Chemsex de Barcelona, en grupos de trabajo del Departament de Salut, el Ministerio de Sanidad y CESIDA, y ejerce como docente en formaciones sobre chemsex, VIH y salud sexual comunitaria para el Instituto de Salud Carlos III, entre otras instituciones.
Bajo la certeza de que "nuestra existencia no debería ser nunca negociable", conversamos con Luis sobre cómo se gestionan hoy los cuidados dentro de la comunidad, el peso de los estigmas que aún persisten y la importancia de construir espacios de refugio y escucha en un presente que se mueve demasiado rápido.


En los últimos años, herramientas como la PrEP han cambiado el panorama de la salud sexual. Desde la perspectiva de la ONG, ¿cómo ha transformado esto la forma en que la comunidad gestiona sus propios cuidados y vive el deseo?
La PrEP ha cambiado mucho el panorama de la salud sexual. Y no solo a nivel biomédico. También emocional, relacional y comunitario. Para muchos hombres gais, bisexuales, otros hombres que tenemos sexo con hombres y también para las mujeres trans y personas LGTBIQ+ que ejercen trabajo sexual, el VIH estuvo durante décadas profundamente ligado al miedo, a la culpa y a una sensación de riesgo constante. La PrEP ha permitido que muchas personas vuelvan a vivir el deseo desde un lugar menos atravesado por ese miedo.
Pero creo que hablamos poco de otra estrategia igual de importante: el tratamiento como prevención y el impacto del I=I, es decir, que una persona con VIH en tratamiento y con carga viral indetectable no transmite el virus. Eso ha transformado profundamente la vida de muchísimas personas con VIH, no solo a nivel clínico, sino también emocional, sexual y relacional. Muchas personas con VIH hemos podido volver a vivir la sexualidad sin el miedo constante a transmitir el virus. Hemos empezado a recuperar el placer, la intimidad y el deseo de una forma más libre, con menos autoestigma y más capacidad de exploración.
Y creo que esto importa porque hablamos mucho de prevención, pero poco del impacto que tienen las estrategias biomédicas cuando están basadas en derechos humanos, acceso universal y participación comunitaria. La PrEP o el tratamiento como prevención no son solo intervenciones biomédicas: son estrategias que pueden facilitar dignidad, autonomía y calidad de vida para comunidades históricamente muy afectadas por el VIH. La comunidad LGTBIQ+ lleva décadas organizándose para reclamar exactamente eso.
Pero esos avances también nos obligan a ampliar la mirada. Porque cuidar ya no puede reducirse a implementar estrategias biomédicas. Tenemos que hablar de consentimiento sexual, salud mental, soledad, vínculos, el impacto emocional del VIH y las ITS, la función del chemsex en nuestras vidas y la estigmatización. En ONG Stop intentamos trabajar desde ahí: no desde el control del deseo, sino desde el acompañamiento a las personas para que puedan gestionar sus cuidados de forma más consciente y libre. Con grupos de ayuda mutua, atención psicológica especializada y acompañamiento a quienes tienen dificultades para acceder al sistema sanitario, ya sea por barreras administrativas, sociales, económicas o migratorias. Porque cuando dejamos fuera a determinadas personas, eso no es salud pública: es discriminación.
El fenómeno del chemsex suele abordarse en los medios desde una mirada alarmista. Si despojamos el tema del prejuicio, ¿cuáles son los factores sociales o emocionales que realmente articulan estas prácticas?
El chemsex suele explicarse desde fuera y casi siempre desde el morbo, el juicio moral o la intención de polemizar. Pero si queremos entender el fenómeno, tenemos que preguntarnos no solo qué riesgos tiene, sino también qué función cumple para algunas personas y por qué aparece en determinados contextos y no en otros. Uno de los grandes mitos que habría que desmontar es la idea de que todas las personas que practican chemsex están destruidas o no tienen capacidad de decisión. Eso no es real. El chemsex es un fenómeno complejo y muy diverso. Si lo reducimos todo al alarmismo, lo único que conseguimos es aumentar el silencio, el miedo y la dificultad para pedir soporte.
Las personas no llegan al chemsex desde un vacío. Llegan desde sus historias de vida, desde cómo han aprendido a relacionarse con el deseo, con el placer, con el cuerpo y con la mirada de los demás. Y ahí la homofobia tiene un peso enorme. Muchos hombres gais, bisexuales y otros hombres que tenemos sexo con hombres hemos tenido históricamente muy poco espacio para vivir el sexo y la afectividad de forma libre, visible y segura. Durante años nuestras relaciones estuvieron atravesadas por la clandestinidad, el miedo, el silencio, el rechazo o la violencia. Hemos aprendido a vigilar cómo hablamos, cómo nos movemos, cómo deseamos. Y eso deja huella emocional. La masculinidad normativa también impacta muchísimo: a muchos hombres gais se nos ha enseñado que mostrar vulnerabilidad o hablar de emociones era algo que había que esconder o controlar. Y al mismo tiempo, dentro de nuestra propia comunidad existen presiones muy fuertes relacionadas con el cuerpo, la imagen o determinados modelos de lo que es o no es deseable. Hay cuerpos que ocupan el centro y otros que quedan en la periferia. Y eso puede generar inseguridad, sensación de no pertenecer, soledad o necesidad constante de validación.
Hay también otros factores importantes: los procesos migratorios, el racismo, la xenofobia, la precariedad económica, el trabajo sexual, el VIH o las dificultades para acceder a recursos de salud mental. Muchas personas migrantes LGTBIQ+ llegan buscando libertad y se encuentran con aislamiento, barreras administrativas o discriminación incluso dentro de la propia comunidad. También influye mucho cómo se vivió un diagnóstico de VIH, cómo reaccionó el entorno, si hubo rechazo, silencio o culpa. Todo eso forma parte de la relación emocional que muchas personas tienen después con el sexo, con el cuerpo o con el chemsex.
Y creo que también hablamos todavía muy poco de la violencia y de cómo muchos hombres gays y bisexuales hemos aprendido a normalizar determinadas situaciones porque hemos sido educados dentro de modelos de masculinidad donde parecía que los hombres no podíamos ser vulnerados, violentados o víctimas de abuso. Muchos hombres hemos crecido atravesados por experiencias de violencia, acoso, humillación, rechazo o incluso abusos sexuales que muchas veces nunca llegamos a nombrar como tales. Y eso también impacta profundamente en cómo vivimos después el cuerpo, el deseo, el consentimiento o los espacios sexuales. En determinados espacios sexuales entre hombres sigue existiendo mucha dificultad para hablar claramente de consentimiento, de límites o de cuidado. A veces parece que el acceso al cuerpo del otro estuviera automáticamente permitido y que poner límites, rechazar determinadas prácticas o expresar incomodidad pudiera convertirte en alguien menos deseable, menos válido o incluso excluido del grupo. Y eso genera dinámicas de silencio muy fuertes alrededor de situaciones de violencia, de prácticas que generan malestar o de experiencias que muchas personas viven con incomodidad, miedo, presión o vergüenza.
Creo que todavía nos cuesta mucho reconocer que también existen violencias sexuales entre hombres y dentro de nuestros propios espacios, y que muchas veces convivimos con ellas desde la normalización, desde la presión grupal o desde la idea de que “esto es así”. Pero también creo que es importante reconocer algo más incómodo todavía: que no solo podemos ser víctimas de esas violencias, sino que también podemos ejercerlas. Y ahí aparece una paradoja muy dura dentro de algunos espacios gays y sexuales entre hombres: muchas veces reproducimos sobre otros cuerpos las mismas dinámicas de cosificación, presión, invasión de límites o falta de consentimiento que nosotros mismos hemos sufrido antes. Porque hemos aprendido a relacionarnos desde modelos donde el cuerpo masculino parece estar permanentemente disponible, expuesto o accesible, y donde muchas veces el consentimiento explícito desaparece o queda sustituido por códigos implícitos, silencios o presiones grupales. Y eso no significa demonizar los espacios sexuales entre hombres ni negar el placer o la libertad sexual que también contienen. Significa reconocer que dentro de nuestra propia comunidad también necesitamos hablar más de cuidados, consentimiento, vulnerabilidad y responsabilidad afectiva y sexual entre nosotros. Y todo eso también forma parte del contexto emocional y social en el que algunas personas terminan relacionando con el sexo, con el cuerpo, con el deseo o con el chemsex.
Hay otro factor del que hablamos todavía muy poco: el impacto que tiene el modelo punitivista sobre drogas y cómo determinadas políticas terminan aumentando la vulnerabilidad de muchas personas usuarias de chemsex. No todas las personas usuarias de drogas están igual de expuestas a la criminalización. Por ejemplo, una persona usuaria de metanfetamina puede verse mucho más fácilmente expuesta a sospechas o acusaciones de tráfico por los propios umbrales legales vinculados a la tenencia de sustancias. Mientras determinadas cantidades asociadas al consumo de cocaína tienen márgenes mucho más amplios, en sustancias muy vinculadas al chemsex como la metanfetamina esos márgenes son muchísimo menores. Y eso hace que muchos usuarios estén mucho más expuestos a intervenciones policiales, identificaciones, detenciones o situaciones profundamente estigmatizantes incluso cuando no existe ninguna actividad de tráfico. Cuando una persona siente que puede ser criminalizada por cómo vive su sexualidad o por el tipo de sustancias que consume, muchas veces lo que hace es esconderse. Y eso vuelve las prácticas más invisibles, más solitarias y más peligrosas.
Y hay algo que también creo que hay que decir: quizá la cuestión no es solo que existan espacios de chemsex. Quizá el problema es que seguimos teniendo muy pocos espacios donde muchas personas LGTBIQ+ puedan vivir el deseo, la intimidad o el placer sin miedo, sin vergüenza o sin sentirse constantemente observadas o juzgadas. Dentro de nuestra propia comunidad existe además una jerarquía moral sobre los consumos que genera estigmatización en cascada: entre quienes consumen y quienes no, entre distintos perfiles de usuarios, entre prácticas. No recibe el mismo juicio social una persona que consume alcohol o MDMA ocasionalmente que una que consume metanfetamina o practica slam. Y cuando respondemos solo desde el juicio o desde el miedo, lo que hacemos es aumentar la clandestinidad y el aislamiento.
El estigma no hace que las personas dejen de hacer lo que hacen: lo que hace es alejarlas de los espacios de cuidado, de información y de acompañamiento. Eso es un problema de salud pública y también de derechos humanos.
A veces, la comunicación institucional sobre salud sexual puede percibirse como muy clínica o distante. ¿Cómo trabajan para que la información sobre reducción de riesgos sea cercana, accesible y se entienda como una forma de afecto y no de restricción?
Creo que uno de los errores históricos de la comunicación en salud sexual ha sido hablarle a la gente desde el miedo, desde posiciones muy clínicas o a través de mensajes simplificados sin un marco de derechos. Y la realidad es que las personas no nos cuidamos porque nos regañen. Nos cuidamos mejor cuando sentimos que alguien nos entiende, no nos juzga y reconoce también nuestra búsqueda de placer, de conexión y de afecto.
En ONG Stop trabajamos desde un enfoque comunitario y entre iguales. Eso cambia mucho la relación, porque no hablamos sobre las personas: hablamos con ellas. Para nosotros la reducción de riesgos no consiste en decirle a la gente lo que tiene que hacer, sino en ofrecer información y recursos para que cada persona pueda tomar decisiones conscientes, libres y adaptadas a su realidad. A veces los mensajes de salud pública simplifican demasiado: házte la prueba cada tres meses, usa preservativo, haz esto o aquello. Entendemos la utilidad de ciertos mensajes, pero la sexualidad humana es mucho más compleja. Está atravesada por emociones, deseo, miedo, vínculos, soledad, presión social, violencia, autoestima y necesidad de pertenencia. Cuando la prevención ignora todo eso, muchas personas dejan de sentirse reconocidas. Y si una persona no se siente reconocida en un mensaje, deja de escucharlo.
Nuestra mirada intenta ir más allá de generar obediencia sanitaria. Lo que buscamos es generar autonomía, capacidad crítica y participación comunitaria. No es lo mismo hablarle a un chico joven recién salido del armario que a una persona migrante con VIH, a una mujer trans que ejerce trabajo sexual o a un usuario de chemsex que lleva años sintiéndose estigmatizado. Por eso creemos tanto en el acompañamiento entre iguales: la información llega mejor cuando quien la transmite conoce realmente las experiencias, los códigos y las dificultades de las personas a las que acompaña. Y comunicar no es solo lanzar mensajes: es generar confianza. Cuando una persona siente que no va a ser juzgada, es mucho más fácil que pregunte, que contraste información, que exprese dudas o que tome decisiones más cuidadas.
Cualquier persona LGTBIQ+ puede acercarse a nuestra entidad, acceder a formación y formar parte de nuestro voluntariado y nuestras comisiones comunitarias. Porque también creemos que la información da herramientas para tener voz y para defender derechos. Durante muchos años quedamos fuera de los espacios donde se diseñaban las políticas sobre sexualidad, drogas, VIH o salud mental. Y cuando las políticas se hacen sin escuchar a las comunidades afectadas, terminan siendo más punitivas, más estigmatizantes y menos eficaces. La participación comunitaria no es un complemento: es una herramienta de salud pública y un derecho colectivo. Y eso es profundamente político.
Cuando una persona siente que su relación con la fiesta o las sustancias ya no le hace bien, ¿cuál es la mejor manera de ofrecer acompañamiento desde el entorno cercano sin que la persona se sienta juzgada o fiscalizada?
Lo más importante es no convertirnos inmediatamente en policías, terapeutas improvisados o jueces morales. Muchas personas ya viven mucho miedo, culpa, vergüenza o sensación de fracaso alrededor de estos temas. Y cuando alguien siente que puede ser juzgado, normalmente lo que hace es aislarse más y pedir menos soporte. Por eso acompañar no es presionar a alguien para que cambie. Es generar un espacio donde pueda hablar honestamente sin sentir que va a perder el vínculo o ser etiquetado. Y eso empieza muchas veces por cosas muy simples: escuchar sin interrumpir, no reaccionar desde el enfado o el miedo, evitar frases como “tienes que dejarlo”, mantener el contacto, preguntar qué necesita o simplemente hacer sentir a la persona que no está sola.
También es importante entender que no todas las personas viven el chemsex de la misma manera ni todas necesitan el mismo tipo de soporte. Hay personas que solo necesitan información para reducir riesgos. Otras necesitan hablar de soledad, violencias o sexualidad. Otras sienten que quieren parar. Y otras todavía no sienten que tengan un problema y necesitan tiempo para pensar qué relación quieren tener con el consumo. Por eso insistimos en evitar las confrontaciones directas, porque muchas veces solo aumentan el silencio, la culpa o la distancia emocional. A veces acompañar significa simplemente seguir estando disponible: escribirle, llamarle, quedar para hacer otras cosas. Mantener un espacio de confianza. Hacerle sentir que sigue teniendo vínculos más allá de la fiesta o del consumo.
El counseling es para nosotros una filosofía de trabajo fundamental. Creemos que las personas son capaces de tomar decisiones sobre sus cuerpos y sus vidas, y que nuestro papel no es dirigirlas ni imponerles objetivos, sino acompañarlas para que puedan hacerlo de forma más consciente dentro de su propia realidad. Por eso, muchas veces la primera persona que encuentra alguien cuando llega a ChemSex Support (ya sea presencialmente en Barcelona o Sevilla, o a través de videoconferencia desde cualquier punto del Estado) es otra persona usuaria o exusuaria de chemsex formada como voluntaria de acogida. Cuando quien tiene delante conoce realmente determinadas vivencias y determinados miedos, la relación cambia completamente. Eso no sustituye el trabajo clínico o psicológico: lo complementa desde otro lugar, desde la horizontalidad y desde la posibilidad de hablar sin sentirse observado desde arriba. Las personas no son únicamente su consumo. Hay historias de vida, emociones, violencias, soledades, miedos y necesidades detrás de cada situación. Y por eso acompañar no es imponer un camino único: es ayudar a que cada persona recupere capacidad de decisión, bienestar y autonomía desde un marco de derechos humanos y cuidado.
Más allá de la celebración de junio, el tejido comunitario es vital durante todo el año. ¿Cuáles son los desafíos más urgentes en salud mental o acompañamiento que deberíamos tener en la agenda no solo en el mes del Orgullo, sino siempre?
Uno de los grandes desafíos que tenemos como comunidad es la soledad. Y junto a ella, el riesgo de desmovilizarnos y olvidar que muchos de los derechos y espacios que hoy tenemos existen porque otras personas antes lucharon colectivamente para conquistarlos. A veces hablamos mucho de sexualidad, de apps de contacto, de pornografía o de fiesta, pero muy poco de la dificultad que muchas personas LGTBIQ+ tienen para construir vínculos estables, espacios de pertenencia o redes de apoyo reales. Y eso atraviesa profundamente tanto la salud mental como la salud sexual. Lo vemos en jóvenes con muchísima exposición y muchísima presión estética. Lo vemos en personas mayores que han vivido décadas de violencia, silencio, pérdidas vinculadas al VIH o exclusión familiar. Lo vemos en personas migrantes que llegan buscando libertad y se encuentran con xenofobia, precariedad y aislamiento. Lo vemos en personas trans, en personas LGTBIQ+ que ejercen trabajo sexual, en usuarios de chemsex. Y muchas veces todo eso aparece mezclado y acumulado.
Desde nuestro trabajo con personas LGTBIQ+ que ejercen trabajo sexual llevamos más de veinte años acompañando realidades que el sistema muchas veces ignora o criminaliza. Y lo que vemos (también en otros servicios comunitarios del entorno) es que la precariedad, la dificultad de acceso a la vivienda y el crecimiento de la exclusión social están empujando a cada vez más personas LGTBIQ+ hacia situaciones de extrema vulnerabilidad, incluso de sinhogarismo. Personas jóvenes expulsadas de sus hogares, personas migrantes sin red de apoyo, personas trans atravesadas por múltiples formas de exclusión, personas que ejercen trabajo sexual sin un reconocimiento institucional y en condiciones de enorme fragilidad. Y muchas veces la única respuesta que encuentran no es acompañamiento o protección social, sino más vigilancia, más criminalización y más presión policial. No se puede hablar de salud mental o salud sexual sin hablar también de condiciones materiales de vida. Estamos hablando de derechos y de dignidad.
Y tenemos que ser muy conscientes del momento político y social que estamos viviendo. Cuando una sociedad vive desde el miedo, la precariedad y la incertidumbre constante, es mucho más fácil que aparezcan discursos que prometen protección a cambio de exclusión, control, vigilancia o pérdida de derechos. Y eso tiene consecuencias muy concretas sobre nuestras vidas, nuestros vínculos, nuestra salud mental y nuestra capacidad de construir comunidad. Estamos viendo crecer discursos reaccionarios y políticas excluyentes que intentan volver a colocarnos en la marginalidad: cuando se cuestionan leyes LGTBI o trans, cuando se recortan recursos de salud comunitaria, cuando se niega la existencia de las personas trans, cuando se criminaliza, persigue y estigmatiza a usuarios de drogas, cuando se invisibiliza a las personas LGTBIQ+ que ejercen trabajo sexual. Estos discursos necesitan dividirnos para debilitarnos. Y ahí tenemos una responsabilidad colectiva muy importante. Una sociedad no demuestra su compromiso con los derechos LGTBIQ+ solo aceptando a las personas más normativas o integradas. Lo demuestra también cuando protege la dignidad y los derechos de quienes resultan más incómodos para el sistema.
Esta criminalización tiene un rostro muy concreto en nuestras ciudades. Estamos viendo situaciones tanto en Madrid como en Barcelona donde personas LGTBIQ+, especialmente hombres gays y bisexuales vinculados a contextos de chemsex, denuncian identificaciones constantes, controles selectivos, exposiciones públicas humillantes o actuaciones policiales profundamente desproporcionadas. Creo que es especialmente preocupante cuando determinadas prácticas policiales terminan dirigiéndose de forma muy concreta hacia hombres gays y bisexuales o hacia determinados espacios asociados a nuestra comunidad. La criminalización y el estigma no reducen las prácticas: lo que hacen es volverlas más invisibles, más solitarias y más peligrosas. Y generan miedo y desconfianza hacia los recursos sanitarios y comunitarios, precisamente cuando más se necesitan. Por eso creemos que hablar de chemsex también implica hablar de derechos humanos, de proporcionalidad, de dignidad y de cómo construir respuestas menos punitivas y más centradas en salud pública, reducción de daños y acompañamiento comunitario.
Creo que una de las mayores deudas que tenemos como comunidad es con las personas LGTBIQ+ que ejercen trabajo sexual, y especialmente con las mujeres trans. Muchas de ellas estuvieron al frente de las primeras luchas y reivindicaciones de nuestro movimiento cuando la mayoría de la sociedad nos rechazaba, nos criminalizaba o simplemente nos quería hacer desaparecer. Fueron las primeras en exponerse públicamente, las primeras en resistir la violencia policial y social, las primeras en reclamar dignidad para todas las demás. Esa memoria no puede borrarse ni invisibilizarse. Y eso significa también escuchar sus voces hoy, reconocer sus derechos y defender que formen parte activa de los espacios de decisión y participación comunitaria. Una comunidad que deja fuera a quienes más han sostenido sus luchas pierde memoria, fuerza y dignidad.
Cuando hablamos de Pride muchas veces lo traducimos simplemente como “Orgullo”, pero la palabra en inglés tiene un matiz que a veces se pierde. Pride no habla solo de sentirse orgulloso. Habla de dignidad, de resistencia, de no aceptar la vergüenza que otros quisieron imponernos, de afirmar públicamente nuestra existencia frente a quienes querían silenciarnos o corregirnos. Pride no nació como una campaña de marketing ni como un evento de consumo. Nació como una respuesta colectiva frente a la violencia, el miedo y la exclusión. Por eso el gran reto que tenemos ahora no es solo prevenir enfermedades o acompañar malestares individuales. El reto es construir comunidad.
Y construir comunidad significa algo muy concreto. Las entidades comunitarias no deberían convertirse únicamente en estructuras de prestación de servicios que externalicen funciones que corresponden a los sistemas públicos. Nuestra función no es sustituir a la sanidad pública ni reemplazar las responsabilidades de las administraciones. Es reforzar el tejido social, generar participación y defender derechos desde la propia comunidad. Y eso implica que los servicios que desarrollamos no son solo dispositivos asistenciales: son también herramientas comunitarias y políticas. Espacios desde donde las personas pueden encontrar acompañamiento, sí, pero también participación, formación, capacidad crítica y posibilidad de organizarse colectivamente alrededor de sus propias necesidades y realidades.
Cuando una persona llega a ONG Stop no solamente accede a un servicio. Puede acceder también a una red, a una comunidad y a espacios donde transformar una experiencia de soledad, de estigma o de vulnerabilidad en participación colectiva y en capacidad de incidencia. Puede hablar con otras personas que han vivido situaciones parecidas, participar en grupos, formarse, incorporarse al voluntariado, formar parte de comisiones de voluntariado y participar en espacios donde se discuten políticas públicas que afectan directamente a nuestras vidas. Porque las personas LGTBIQ+ llevamos décadas siendo habladas, clasificadas y gestionadas por otros, muchas veces sin estar presentes en los espacios donde se tomaban decisiones sobre nuestros cuerpos, nuestra sexualidad, nuestra salud mental o nuestras vidas. Y eso tiene que cambiar. La participación comunitaria no es un complemento decorativo ni una actividad secundaria: es una herramienta de salud pública, una herramienta de transformación social y una forma de defender dignidad y derechos humanos.
Prepararnos para el momento que estamos viviendo significa precisamente eso: fortalecer redes comunitarias reales, sostener espacios colectivos, participar activamente, defender los servicios públicos y evitar que el miedo, el aislamiento o la precariedad rompan nuestra capacidad de cuidarnos colectivamente. Capaces de cooperar con las administraciones, sí, pero también de señalar lo que no funciona y de denunciar las exclusiones incluso cuando hacerlo resulte incómodo.
Porque los derechos que no se defienden colectivamente terminan perdíéndose. Y nuestra dignidad, nuestras vidas y nuestra existencia nunca deberían ser negociables.
