RIZOMES: habitar el bosque, repensar el festival
RIZOMES: habitar el bosque, repensar el festival


RIZOMES no es un festival en el sentido convencional, sino un ecosistema en constante mutación.
Durante tres días y dos noches, el bosque de Can Ribes se convierte en un lugar de encuentro donde conviven artistas, arquitectos, performers y público en una misma red de relaciones. Aquí, la experiencia no se articula desde el escenario como centro, sino desde una lógica más expandida: una red rizomática de instalaciones, sonidos y cuerpos que se entrelazan en diálogo directo con el entorno.
Lo que ocurre durante el festival es solo una fase visible de un proceso mucho más amplio. La plantación (con sus 15.000 chopos) marca el ritmo de todo: crecimiento, tala, regeneración. Cada año, la desaparición de unos árboles y el nacimiento de otros redefine el espacio y obliga a repensar cómo habitarlo. Esa transformación constante no es un condicionante, sino el motor creativo del proyecto: una invitación a adaptarse, a construir colectivamente y a entender la práctica artística como algo inseparable de los ciclos naturales. El cartel de este año incluye a artistas como Arquea Colectivo, Crater-Lab, Hatis Noit, Jokko, Melina Serser, Paolo Angeli o Shida Shahabi, entre otrxs
Hablamos con Román Cadafalch, encargado de la dirección artística del festival, para entender cómo se articula este delicado equilibrio entre arte, naturaleza y comunidad, y qué implica pensar un festival como algo más cercano a un proceso que a un evento cerrado.




Definen Rizomes como un punto de encuentro entre artistas, arquitectos y público. ¿En qué momento sintieron la necesidad de crear un espacio así?
El proyecto empezó en 2018 a partir de un grupo heterogéneo de arquitectos, artistas y gestores culturales, y muy vinculado a El Pumarejo, cuando aún estaba en Vallcarca. Por tanto, fue una idea que nació orgánicamente. Desde el primer momento sentimos la necesidad de crear un espacio común, donde pudiésemos explorar nuestras diferentes disciplinas artísticas. Queríamos colaborar entre nosotros, crear un espacio de intervención y diálogo interdisciplinar más allá de los marcos estancos de cada disciplina, que a menudo no encuentran oportunidades para comunicarse entre sí. Rizomes, el nombre del festival, sintetiza muy bien esta idea: una raíz con tallos múltiples que crecen independientemente, pero se comunican entre sí.


El proyecto nace con la oportunidad de hacer un evento en esta plantación de árboles. La existencia y disponibilidad de este espacio vivo, una retícula de chopos de 5x5 metros, nos dio un punto de partida, un terreno de juego donde empezar a imaginar y proyectar el festival. La plantación está activa, lo cual implica que cada año se cortan varias filas de chopos adultos y se plantan recién nacidos. Este movimiento constante es una condición estructural del festival: nos adaptamos a la actividad agrícola de la plantación, a sus movimientos y condiciones.
Lejos de verlo como una limitación, entendemos que esta adaptación a los ritmos de la producción agrícola nos influencia positivamente. Nos obliga a repensar la disposición del festival año tras año, a buscar soluciones creativas renovadas que se adapten a las condiciones existentes. Es así como se abren oportunidades para explorar nuevas zonas de la plantación cada año y como las infraestructuras del festival cambian de localización y diseño habitualmente.
Desde luego, no es un hecho que acompañe la optimización del trabajo, pues esta movilidad perpetua nos da nuevos quebraderos de cabeza cada edición (risas)… pero sí está en línea con la vocación experimental y creativa del festival, pues a cada edición tenemos que repensar muchas cosas, y en este proceso se abren nuevas posibilidades. El cambio, aunque a veces asuste, siempre es una buena oportunidad para crecer y probar cosas nuevas.
El festival sucede en un bosque vivo, que cambia cada año. ¿Cómo influye esa transformación constante del entorno en la manera en la que piensan cada edición?
El festival convive con un entorno agrícola activo. ¿Cómo es esa relación entre cultura y territorio en la práctica?
Esta relación está en todas las capas del proyecto, porque siempre hemos intervenido en el mismo espacio y siempre hemos tenido que cuidar la relación con el entorno. De nuevo, pasa por entender, aceptar y celebrar que todo juego tiene sus reglas, y que, en nuestro caso, hacer el festival pasa por integrarnos en este espacio agrícola en funcionamiento.
Influye en todo, desde lo más práctico, como serían soluciones constructivas poco ortodoxas con cuerda y nudos, que hemos integrado a lo largo de los años para poder utilizar los chopos como pilares sin necesidad de agujerearlos; hasta lo más abstracto, que es comunicar la importancia de esta relación al público para hacerles partícipes. Nosotros podemos hacer nuestro trabajo, pero si el mensaje no llega al público, no sirve. El año pasado, por ejemplo, repartimos semillas a los asistentes de veza, phacelia y alfalfa, tres plantas que ayudan a descomprimir el suelo. Les animamos a sembrarlas allá donde sintieran que el suelo estaba más comprimido, como la pista de baile y otras zonas de alta concurrencia. Esto les situaba inmediatamente en complicidad con el entorno, con sus ciclos y su poder, a la vez que les hacía cómplices de nuestro deseo de dejar el terreno mejor de lo que estaba cuando llegamos.
Es una relación compleja pero muy inspiradora. Pasa principalmente por ser sensibles al entorno y humildes, y entender que no nos proyectamos sobre un espacio neutro, sino un espacio vivo, con sus ritmos y condicionantes que debemos entender para integrarnos positivamente. También hay una voluntad y un goce en comprender la naturaleza, observar cómo funciona y opera, porque sabemos que hay muchas cosas que se pueden aprender e integrar de esta observación. Creemos que demasiado a menudo, los festivales se imponen sobre espacios sin tener en cuenta la relación que mantienen con éstos. Para nosotros es importante tenerlo en cuenta, entender que somos solo una fase puntual de un ecosistema que vive todo el año. Y demostrar que hacer un festival no tiene porqué significar hacer un destrozo.


Para nosotros, los festivales son experiencias holísticas que van mucho más allá de los nombres que traes en el cartel. Muchos festivales se centran en la programación pero se olvidan de los espacios intermedios. A nosotros no nos vale traer al artista más esperado, si después vas a tratar mal al público metiéndole en un recinto a rebosar y ofreciéndo males servicios y una experiencia desagradable. Los festivales son oportunidades demasiado fértiles para generar espacios colectivos, de expansión y conexión genuina, como para dejar entrar las lógicas mercantilistas que tan a menudo nos alienan en nuestro día a día.
Eso no quiere decir que la programación musical no tenga importancia. La tiene, y mucho. Pero efectivamente, no queremos caer en la trampa de los headliners. Tampoco podemos seguir esa lógica, pues somos un proyecto autogestionado con un presupuesto bastante reducido. Sería pegarnos un tiro en el pie, pues nos obligaría a hacer sacrificios en otras ramas del proyecto que no queremos sacrificar.
Sabemos que en el mundo sobreexcitado en el que vivimos, los headliners tienen un rol: atraer a la gente, vender entradas. Esto queda demostrado en el hecho de que haya tantísimos festivales, sobre todo de tamaño medio, con el mismo lineup y los mismos nombres del momento. Pero esta fórmula nos aburre. Creemos que hay otra manera de hacerlo, y que se puede confiar en un público maduro y abierto, que entienda la propuesta artística en su conjunto -incluyendo la propuesta multidisciplinar del festival. Y queda demostrado, por el feedback que hemos recibido en pasadas ediciones, que, si no se infantiliza al público dándole únicamente lo que quiere, sino que se le propone cosas nuevas, éste responde con curiosidad y entusiasmo. Obviamente, sabemos que es un camino frágil, pues es una confianza que no se gana en un año, sino que se tiene que construir progresivamente a lo largo de los años.
De todas maneras, para nosotros el mayor goce de un festival es ir sin conocer a ningún artista y salir inspirados por música increíble que nunca habíamos imaginado que fuera posible. Sabemos que hay miles de proyectos de música extraordinaria, tanto a nivel nacional como internacional, que vive un poco en los márgenes de la industria hegemónica. Y es ahí donde queremos hurgar y excavar, porque realmente hay cosas maravillosas a descubrir.
El lineup se aleja bastante de la lógica de headliners. ¿Cómo entienden la curaduría musical dentro de un contexto tan marcado por el espacio y la experiencia?
De nuevo recurrimos a la idea del rizoma que le da nombre al proyecto: géneros variados, conviviendo en una misma programación. Nos gusta imaginar que todo cabe, y no vemos ningún motivo por el cual cerrar la puerta a géneros. Al final, la historia de la música es un sinfín de viajes, cruces y mezclas; es algo muy poroso, y más hoy en día, donde estamos híper conectados y la hibridación es la norma.
Nos atrae la idea de poner en común músicas que quizás no suelen convivir en festivales de pequeño formato como el nuestro. La tendencia de un festival pequeño suele ser la de ser específico, encontrar un nicho y explorarlo a fondo. Pero sentimos que ir en esta dirección contradice nuestra filosofía de generar redes y diálogos entre géneros y disciplinas. Creemos que esta apertura mental beneficia a público y artistas por igual. Aunque tengas tus preferencias, es posible disfrutar de géneros muy variados. Al final, cada género aporta algo nuevo, una visión distinta sobre la música. Obviamente, tenemos preferencias por ciertos géneros y ciertas maneras de entender la música. Nos interesan el jazz contemporáneo, variantes experimentales del pop, el rock y el folk, el amplio espectro de la electrónica...Pero creemos que al final, toda la programación confluye en el respeto por la tradición musical y la voluntad de experimentación; proyectos que tienen un ojo en el pasado y otro en el futuro, que exploran los límites de la música, sea el género que sea. Todo lo que sea entender la música desde allí nos apela.
Dicho esto, nuestra programación es ecléctica pero no caótica. Hay siempre una voluntad por construir un viaje armonioso para los asistentes, que tenga un sentido intrínseco en relación al espacio donde se desarrolla el festival. Creemos que hay algo así como música de bosque, y que lo que podrías escuchar en una sala de conciertos de Barcelona, quizás no tenga sentido en nuestro contexto. También conocemos el espacio, el festival y sus ritmos, y sabemos que, por ejemplo, el sábado por la tarde, después de una noche de baile intensa, la gente tiene ganas de algo sosegado y gustoso para echarse una siesta; y que por la noche, la gente quiere bailar, y que de alguna manera, tenemos que llegar de un lado a otro. Así es como se va construyendo la programación. Siempre desde el amor por la música, por supuesto.
Hay artistas muy distintos entre sí, desde propuestas más experimentales hasta folk o música contemporánea. ¿Qué une todas esas líneas dentro de Rizomes?




Hay muchas ideas a futuro muy emocionantes y prometedoras. Nos gustaría explorar otros espacios donde proyectar un festival, quizás no en el mismo formato de tres días, pero sí siguiendo la misma filosofía multidisciplinar. Queremos explorar otros espacios naturales intervenidos por el ser humano. Llevamos tiempo buscando una cantera abandonada, por ejemplo, donde poder hacer un evento piloto. Nos interesa como espacio, pues suelen ser espacios muy singulares, y se vincula con la plantación, en el sentido de que también es un espacio natural intervenido por el ser humano, quien lo ordena y le da forma. También nos gustaría consolidar el proyecto de Reg, ofreciendo residencias artísticas en la plantación a lo largo del año, más allá del festival, y el proyecto de Circular, que ofrece talleres abiertos de arquitectura efímera en torno a la creación del festival.
No obstante, como es habitual en proyectos de nuestra naturaleza, nos topamos con dificultades económicas y estructurales que nos limitan a la hora de explorar todas estas ideas. Aunque desde fuera pueda parecer que estamos muy bien, os aseguramos que es muy difícil mantener un proyecto así, sin sponsors, sin publicidad y a contracorriente. Sudor, mucho sudor. Seguimos adelante gracias al amor por el proyecto de un montón de gente, al público y la comunidad que nos da soporte, y a las instituciones públicas, que saben que proyectos arriesgados como el nuestro solo pueden sobrevivir con apoyo público. Sino sería imposible.
Así que, en definitiva, nos interesa poder seguir vivos como festival (risas). Tal y como está el patio hoy, ya solo eso es una victoria. Es realmente triste ver como proyectos culturales hermanos y afines, como El Pumarejo o FOC, que se encargan de crear comunidad y potenciar la cultura de base, están siendo ahogados por la gentrificación, la burocratización y la falta de voluntad política. Es un fenómeno terrible, que lleva años pasando y que se está acelerando, sobre todo en torno a la ciudad de Barcelona. Así que ánimo a todos los que están luchando por levantar proyectos culturales que ponen el arte y la comunidad por encima de todo lo demás.
