La escritura, los espacios disidentes y los márgenes como refugio

No sé exactamente de qué manera quería escribir sobre esto, pero este texto puede ser una especie de carta de amor al poder del registro escrito como si de un abrigo se tratara. Porque me llegó el invierno a las puertas del verano.

6/7/2026

La escritura, los espacios disidentes y los márgenes como refugio

Texto: Joana Fornós.


No sé exactamente de qué manera quería escribir sobre esto, pero este texto puede ser una especie de carta de amor al poder del registro escrito como si de un abrigo se tratara.
Porque a veces llega el invierno aunque afuera sea verano.

En esta última semana, mi cuerpo se ha dejado desmayar a la merced y las manos de la escritura. Sin culpa, sin reparo, sin filtros. Con todo. Como ahora.
Mi mayor refugio, cobijo.
Mi amparo, mi asilo.

Sentirse como un caracol, resguardándose en su caparazón cuando se ha sentido amenazado. Muy a la introspección, viajando a las entrañas, donde duele. Donde se han abierto fisuras, donde una se cuestiona los matices del valor de las cosas. De dónde venimos y hacia dónde vamos. ¿Qué había antes y qué cosas están regidas bajo el paraguas de una construcción social indomable?

¿Y no son acaso, también, lo verdaderamente disidente y los márgenes una caracola? ¿Una casa en forma de espiral? Te lleva a un pensamiento crítico, y a una posición política, inevitablemente. Una manera de ver la vida, un prisma. Habitar el mundo sin la necesidad constante de explicarse. Una dimensión en donde la antítesis, las dudas, lo ambiguo, y todos los deseos, tienen permiso para existir.

Este es el mismo caparazón que he encontrado en la escritura. Como si fuera una habitación o cueva donde acudir, sin que lo que expreso tenga que ser necesariamente coherente o con todo resuelto. Porque aunque una esté alineada con su coherencia, todo se siente profundamente abierto.

Quizá por eso encuentro un paralelismo tan claro entre ambas cosas. La disidencia y la escritura comparten el mismo rechazo a aceptar que existe una única manera correcta de ser. Hay infinitas maneras de ser. Puedes hacer lo que quieras, ya sea con tu identidad y con las palabras. Ambas prácticas desconfían de los cuentos e historias cerradas. Ambas permiten ensayar posibilidades. Ambas crean espacios habitables para aquello que todavía no tiene nombre.

Cuando pienso en los refugios que marcan mi vida, recuerdo espacios, y sobretodo personas, donde puedo descansar de la mirada del juicio y puedo estar en paz. Donde la complejidad no es un problema que resolver, sino una realidad que puede ser totalmente acogida. Y, durante los días que una se tira al vacío de la introspectiva, la escritura así lo ha sido también.

Los espacios no son refugio por sí mismos; sabemos que se convierten en refugio porque determinadas personas los llenamos de códigos, cuidados, deseo, imaginación y posibilidad. La casa no es la arquitectura, sino la forma de habitarla y qué hacemos con ella.

A menudo se habla de los espacios alternativos, culturales o nocturnos como si su valor residiera en las paredes que los contienen. Las paredes hablan, si, pero somos el aura de las personas quien hacemos que hablen. De eso no hay duda. Los lugares están vacíos hasta que llegan ciertos cuerpos a habitarlos con sus almas. Ciertas miradas. Ciertas formas de relacionarse con el mundo. Y si, el tipo de mirada importa, el tipo de lente importa.

Lo disidente tiene que ver con eso: con la capacidad de convertir espacios en refugios extraordinarios. De dotarlos de corazón. De generar una atmósfera donde la rareza deja de ser una excepción y se convierte en una forma compartida de ser y de estar.
Lo que se supone que no es lo correcto.
No siempre heredamos espacios donde reconocernos, y cuando pasa, hay que mimarlo.

Casas provisionales hechas de afectos, conversaciones, complicidades y presencia. Lugares donde la pertenencia no viene dada, sino que se teje.

Estos días he encontrado algo parecido en la escritura; sentarse frente a una página en blanco se parece mucho a entrar en uno de esos espacios. Todo está por construirse desde cero. Infinitas posibilidades. Las palabras empiezan flotando en el cerebro de una, pero poco a poco se llenan de vida en el papel. De preguntas, de intuiciones, de emociones difíciles de nombrar.

Y lo mismo pasa cuando una habita un espacio al margen, para llenarlo de vida, ni que sea, por unas horas. Descubriendo que ambos me permiten existir con más amplitud, y que me lleva más a conocer mi verdad.

La escritura y los espacios al margen me recuerdan que una casa no es necesariamente el lugar al que llegas, sino el lugar donde puedes quedarte siendo quien eres.
La capacidad de encontrar cobijo unas en otras, de insuflar alma a los espacios que ocupamos y de construir hogar allí donde, en principio, parecía que no lo había.

Editado en España