Jordi Chicletol presenta “Casi me muero (y otros hits)”: pop, adicciones y reconstrucción
Jordi Chicletol presenta “Casi me muero (y otros hits)”: pop, adicciones y reconstrucción


¿En qué momento exacto te diste cuenta de que el personaje de Jordi Chicletol había devorado a la persona?
Pues esta oportunidad me la brindó la situación que da título al libro, que es mi experiencia cercana a la muerte.
Yo tuve una sobredosis y el proceso que viví después. Y cuando digo después, no me refiero ni a los días, ni a las semanas, ni a los meses, sino a los años. Tuve como un arco de unos tres años de muchísimos cambios, cambios muy sustanciales de estilo de vida y también con la identidad que eso conlleva.
Entonces, ese espacio que se generó al vaciar mi vida, que estaba muy overbooked, al crear y generar espacios, vacíos y silencios, ahí empezaron a surgir a la superficie un montón de cuestiones, de preguntas, de insights y también directamente de respuestas. Y había muchas positivas, pero también muchas muy negativas: salieron fantasmas y fui capaz de ver, con ese espacio y con más claridad.
Pues qué pasos, qué decisiones y qué direcciones había tomado, o qué derrapes había vivido en los últimos diez años. Y claro, ahí salió mucha información.
Y ahí es donde yo, con esa distancia, con esa perspectiva y con una vida ya transformada, con muchos cambios, sobre todo con mucho silencio y mucha soledad, fue cuando pude empezar a ver todo lo que me había ocurrido con un poquito de apertura, de autocrítica y con lo que te da el silencio: espacio para poder ver las cosas con un poco menos de ruido.
Y ahí es donde empecé a ver estos mecanismos de supervivencia que yo había utilizado, como por ejemplo el personaje. Pero durante el momento, incluso en directo, con la sobredosis reciente, con esta experiencia tan trascendental, todavía no era capaz. Me hizo falta ese espacio que generó el cambio vital que viví.
Jordi Chicletol lleva más de quince años orbitando entre la cultura pop, la noche y los medios, construyendo un discurso propio donde conviven el análisis, la ironía y mucha sensibilidad. Ahora, con la publicación de "Casi me muero (y otros hits)", da un paso más allá: un relato autobiográfico que mezcla memoria íntima y ensayo pop para abordar, sin filtros, la salud mental, las adicciones y todo lo que se esconde detrás del personaje.
Hay algo en el enfoque de este libro que siento muy cercano. Yo también crecí atravesado por la cultura pop y todo ese imaginario de superestrellas que, en los 2000, ocupaban portadas con titulares muchas veces amarillistas. Pero incluso sin tener todas las herramientas, ya intuía que había algo más detrás de todas ellas: que no solo eran iconos, sino reflejos de cosas más profundas.
En ese sentido, el relato de Chicletol no se siente lejano ni ajeno; al contrario, se vuelve compartido, reconocible. Creo que el libro “Casi me muero (y otros hits)”, además de ser una autobiografía, puede llegar a servir como una manera de releer toda una generación desde otro lugar.
En esta conversación hablo con él de todo un poco: de cómo construir un personaje puede ser, al mismo tiempo, una herramienta de supervivencia y una trampa; de lo que implica tocar fondo y tener que reconstruirse desde el silencio; de la noche como refugio y como escenario de autodestrucción; y también del ego, de cómo se descoloca cuando dejas de ser ese personaje que lo sostenía todo y toca volver a preguntarse quién eres realmente fuera de él.


Enganchando con la pregunta anterior, ¿Es la noche de Barcelona un entorno que facilita la autodestrucción o fuiste tú quien usó la escena como “refugio”?
Yo creo mucho en las sombras de absolutamente todo. En la vida hay cosas que son malas y malvadas de por sí, pero incluso las claramente malas también tienen una parte de luz.
Y lo de la noche de Barcelona y del nightlife, de la escena alternativa, el colectivo LGBTQ de Barcelona, lo veo como algo que sí: fue el ecosistema en el que yo me perdí y me autodestruí. Es un concepto que podemos utilizar, porque fue literalmente así, la autodestrucción existió. Pero al principio fue mi refugio. Y sobre todo, no solo mi refugio, sino la primera vez que yo sentía que era parte de algo de verdad.
Porque en el libro hablo de las necesidades de las tribus, de cómo siempre han estado ahí, cómo las fui encontrando poco a poco y cada una era un poco más afín a mí que la anterior. Pero la primera vez que me sentí parte de algo de verdad fue gracias a la noche de Barcelona, que me hizo sentir esa comunidad tan necesaria, que además las personas disidentes necesitamos mucho más que las normativas.
Y también, en contraposición al pasado de fracaso escolar que yo había vivido, que es mi verdadero trauma, porque el bullying me afectó, pero lo que más dolor dejó, el trauma más extendido durante tantos años, fue no encajar. Suspender absolutamente todo, sentirme un fracasado escolar.
Entonces, de repente, encontrar un sitio que no solo me abre la comunidad y me ayuda a entender quién soy y a trazar una identidad, sino que además me da éxito profesional. Porque enseguida en la noche de Barcelona empecé a ver oportunidades, formas de expresarme creativamente, que además empezaban a estar democratizadas. Yo de pequeño veía a los DJs y las fiestas como algo muy aspiracional, y de repente podía formar parte de ello. Estábamos en una época especialmente creativa, a finales de los 2000 en Barcelona.
Y claro, al principio para mí fue un espacio de realización, de identidad, de pertenencia. Algo que, con esas heridas, era muy necesario.
Luego se convirtió en el espacio, en el ecosistema y en la banda sonora de mi autodestrucción. Pero no puedo hablar de la noche de Barcelona como un sitio tóxico u hostil per se, sino que yo acabé ahí también por mis propias carencias. Porque al final, todos los espacios creativos son lugares donde aparentar es una herramienta, y es muy fácil caer en eso para sobrevivir.
Y claro, al principio para mí fue un espacio de realización, de identidad, de pertenencia. Algo que, con esas heridas, era muy necesario.
Luego se convirtió en el espacio, en el ecosistema y en la banda sonora de mi autodestrucción. Pero no puedo hablar de la noche de Barcelona como un sitio tóxico u hostil per se, sino que yo acabé ahí también por mis propias carencias. Porque al final, todos los espacios creativos son lugares donde aparentar es una herramienta, y es muy fácil caer en eso para sobrevivir.
Entonces, por esa falta de herramientas y esas carencias en la gestión emocional que yo tenía, tomé muy rápido el camino de aparentar, de entrar en esa dinámica de ser “guay”. Y eso me llevó a vivir deprisa, a utilizar esa experimentación y esa esfera creativa como una vía de escapismo, cuando en realidad lo que me habría venido bien era no meterme así en la noche de Barcelona, sino hacerlo de una forma más consciente, alternarlo con ir al psicólogo. A lo mejor ese equilibrio me habría permitido tener un paso exitoso, pero el mío fue más desastroso porque no tenía herramientas.
Entonces, para mí las sustancias fueron al principio un campo de experimentación y curiosidad, pero luego se acabaron convirtiendo en la pala con la que cavé mi tumba.
¿Sales de fiesta hoy en día o ya no te interesa tanto?
No ha dejado de interesarme, pero sí que, por este proceso que te contaba en la primera respuesta, tuve que hacer muchísimos cambios de estilo de vida y de hábitos. Para poder sanar con el espacio que merecía, necesitaba hacer muchos cambios. Y esos cambios fueron tomar distancia de gente, de sitios, de prácticas y de actividades.
Entonces coincidió que, al poco tiempo, al año y medio después de esa experiencia, de ese evento, llegó una pandemia que generó muchos confinamientos intermitentes. Parecía que salíamos, pero luego venía otra ola. Entonces, de repente, casi la vi como… aunque tuvo mucha negatividad y mucha oscuridad, el COVID para mí también ayudó a que ese proceso de recuperación no fuera tan extraño. No sé si “raro” es la palabra, pero me acompañó a que fuera un poco más normal esa quietud mundial.
Aunque la gente también se reuniera en casas, a mí me lo puso fácil, porque yo ya venía de estar en recovery y alejado de todo eso. Y de repente llega una pandemia que convierte eso en lo normal. Entonces, para mí, fue más fácil.
Y he tenido estos años, habrán pasado ocho desde que ocurrió, y en los últimos dos, de forma intermitente y muy progresiva, he empezado a volver a sitios, a hacer cosas, pero desde otro lugar.
Por ejemplo, yo soy hijo del Sónar. El Sónar es mi festival favorito, en el que he hecho cosas maravillosas y donde he crecido profesional y personalmente. Y poder volver al Sónar de una forma más en paz, más pausada y menos revolucionada, ha sido un triunfo para mí. Pero sí, ya te digo, hubo unos años de cero: no solo de sustancias, sino también de sitios y de gente.


¿Por qué la cultura pop es una herramienta más útil para entender el trauma que la psicología convencional?
A ver, la cultura popular… no ha sido hasta décadas más tarde que he entendido realmente la utilidad y el reflejo que es de nosotros como personas y como sociedad. Esto lo he entendido con los años, desarrollando mis inquietudes, mi pensamiento y mi manera de ver el mundo.
Pero para mí, desde pequeño, fue un refugio, un mundo de fantasía que me ayudaba a sobrellevar la soledad, el ser un fracasado escolar y no encajar. Y también la homofobia que no solo vivía en los pasillos de mi escuela, sino también de forma estructural, en un mundo muy patriarcal, muy machista y muy homófobo.
Y para mí, esas estrellas, sobre todo al principio, me dieron un mensaje de esperanza: está bien ser un poquito diferente, porque al final hay espacio para todos. Entonces, al principio era simplemente una vía de escapismo sana, porque me daba una fantasía. Y a lo mejor también unos primeros atisbos de lo que podía ser mi carrera. Porque yo no tengo una vena artística como alguien que hace canciones, pero al final hay creatividad en mi trabajo: como storyteller, como comunicador o como curador, también tienes que echar mano de la creatividad.
A mí me llamaba mucho la atención esa industria, porque no me dedicaba solo a consumirla, las obras, los procesos, las películas, las series y la música, que es mi expresión principal, sino que también me interesaba lo que había detrás. Leía muchas revistas, y luego la llegada de internet me abrió una ventana muy grande.
Entonces, lo que al principio era solo entretenimiento o refugio, con el tiempo y con las redes sociales, y sobre todo con el contenido más documental en YouTube y toda la documentación que hay, he visto que es igual de válido que la historia, que la filosofía o que el arte más “elevado” de los museos. Todo habla de nosotros: hasta lo más banal, hasta los realities, eso que la gente llama “telebasura”, que no digo que lo sean, también son reflejos.
Esa es una de las cosas que me he tomado muy en serio en mi discurso: desestigmatizar la cultura pop y hacer entender que no es tan banal como nos la pintan, que también nos representa y nos explica.
Yo, desde pequeño, he sido un niño muy curioso y muy sensible. He hecho muchas preguntas, he querido entenderlo todo: a los demás y a mí mismo. Y la cultura popular, las historias de Britney Spears, Belén Esteban o Rosalía me han ayudado a entenderme a mí y a los demás.
Entonces, defiendo su validez y su valor. Esta separación entre cultura alta y baja cultura es algo que intento desmitificar. Y también es lo que más disfruto.
De hecho, me ayudó a encontrarle el punto a escribir un libro. Porque, de primeras, yo veía que mi historia tenía valor y que podía aportar, pero me faltaba una segunda capa que me motivara. Y cuando vi que podía convertirlo en un ensayo pop, reflejando mi relato con el de los fenómenos de la cultura popular, lo vi clarísimo y me dio el impulso para escribirlo.
Quizá en ese momento ni me lo planteaba, que podía ser tan útil para mí. Simplemente era entretenimiento. Pero yo creo que lo vivía con mucha cercanía y me sentía identificado con ese sufrimiento y esa humillación que vivían.
Yo creo que, inconscientemente, me sentía muy identificado con ese señalamiento. A lo mejor era por eso por lo que nos sentíamos cercanos a ellas, porque también estaban en jaulas de oro, pero muy oprimidas y muy condicionadas: a cómo se comportaban, a cómo lucían, a lo que decían.
Yo creo que eso era lo que me resultaba más appealing, más que el morbo, que también lo reconozco, es una parte de la condición humana que no hay que negar, porque somos así. Pero a mí me hacía sentido. Me hacía sentir, a lo mejor, menos solo. En plan: ellas también están sufriendo.
Que lindo, me siento muy identificado con lo que dices, siempre he crecido muy interesado en la cultura pop, siempre he pensado que tener la figura de Paris Hilton era una especie de “luz al final del túnel”


Me atrevo a decirte que no. Aquí sí que me atrevo a ser más conciso. Venimos de generaciones anteriores, sin ir más lejos, mis padres o mi hermana, que tiene siete años más que yo, donde no había tantas conversaciones. Incluso yo mismo, cuando hablo con gente más joven, noto que ellos ya han tenido ciertas conversaciones antes que yo, y yo todavía arrastro algunos tabúes.
Entonces, si tenemos que pasar por un momento en el que esto sea un poco banal o se romantice, vayamos hacia adelante. Lo que no podemos hacer es seguir como hasta ahora. Me niego a que siga siendo tabú, a que siga habiendo vergüenza. Y si hay que pasar por una fase más mainstream o incluso comercial, aunque haya intrusismo laboral o profesionales de la salud mental que sean críticos con esta nueva ola, creo que es parte del proceso.
Eso habrá pasado con todo. Imagino que también les pasaría a otros sectores cuando sus profesiones se transformaron. Quiero pensar que esto nos está llevando a un lugar mejor como sociedad. Porque cuando me cuentan cosas amigas que están empezando a tener hijos, sobre lo que pasa en las escuelas, pienso: “wow, cómo habría cambiado todo si yo lo hubiera vivido así”.
Con el libro también he tenido que viajar mucho e informarme. Un ejercicio nada fácil fue volver a la escuela donde viví ese fracaso escolar y el acoso, y preguntar a los responsables cómo se vive ahora, cómo se gestionan la discriminación y el bullying.
Me hablaron de los retos actuales, que son distintos, pero no menores. Con las redes sociales, el acoso ya no se queda en los pasillos: también entra en casa. Están haciendo lo que pueden, pero es un contexto muy complejo. Aun así, ahora se habla más de estas cosas, hay más herramientas, y eso resulta esperanzador.
La directora actual, que tiene más de cincuenta, tenía una visión de la diversidad bastante abierta, de avanzar hacia adelante, y eso me dejó tranquilo. Aunque también me habló de resistencias por parte de algunas familias y profesores, de temas que aún no se quieren abordar. Recuerdo que terminé la entrevista preguntándole cómo veía a los adolescentes de hoy. Y me dijo: “los veo muy frágiles y muy débiles”.
Ahí conecto con lo que me preguntabas. Yo quiero pensar que esa fragilidad forma parte del cambio, de que ahora se hablen estas cosas, de que las sensibilidades ya no sean tabú. Porque antes todo se barría debajo de la alfombra. Se guardaban los traumas, la gente se quedaba en silencio, no solo en temas de salud mental individual, sino también en cosas muy duras como la violencia de género: mujeres que callaban, que vivían con maltratadores, que normalizaban situaciones insostenibles.
Entonces, que ahora se hable más no significa que la gente sea más débil. Quiero pensar que es una transformación colectiva que nos va a llevar a un mundo un poco más justo.
Has estado al borde de la muerte. ¿Qué es lo que más te molesta de la romantización que se hace hoy en día de la salud mental?
¿Cómo se gestiona el ego cuando pasas de ser el que presenta la fiesta a ser el que admite que ha tocado fondo?
Pues mira, me alegra que abras este melón, porque es de los temas de los que menos me están hablando en las entrevistas. Es normal, porque hay mucho que abarcar, pero demuestra una inquietud que me alegra. Y además me siento muy identificado, porque a mí estas cosas me interesan mucho. La mente humana es tan compleja que incluso las sombras son interesantes de explorar.
Volviendo a lo que te decía antes, ese proceso que viví en los años posteriores a la experiencia cercana a la muerte implicó muchas renuncias, muchos cambios. Tuve que soltar muchas cosas y hubo mucho duelo, mucha pena. Eché de menos a gente, me sentí muy solo, pero también estaba dejando atrás a un “yo”, sacrificando una parte de mí.
Porque ese entorno que era, en parte, el ecosistema de mi autodestrucción, también tenía cosas muy chulas, muy divertidas. Me expresaba creativamente, conocía gente, interactuaba, me divertía. No todo era oscuro. Mi vida también tenía cosas muy disfrutables, que sin esa parte traumática quizá habrían sido perfectas.
Entonces claro, eso también se echa de menos: ser protagonista de cosas, estar detrás de proyectos que aportaban a una escena interesante. De repente ya no estás ahí, ya no estás generando ni haciendo.
Yo durante muchos años construí mi identidad desde el hacer, desde crear y producir. Ya un poco antes de la sobredosis empecé a cuestionarme cosas, a explorar terapias, meditación… supongo que también por la edad. Pero eran preguntas sobre quién eres, sobre el ser.
En estos últimos años he movido mucho el péndulo del hacer al ser. Sigo haciendo cosas, claro, tengo que trabajar y pagar facturas, pero intento que lo que hago me guste. Aun así, después de haber estado tan identificado con el hacer, cuando eso desaparece aparece una crisis: ¿quién soy en realidad?, ¿qué hago aquí?, ¿qué aporto?
Supongo que a eso se le puede llamar trabajar el ego, sacrificarlo en parte. Aunque tampoco creo que haya que eliminarlo del todo. El ego también es útil: te ayuda a conseguir cosas, a poner límites cuando hace falta. No es algo que haya que borrar al cien por cien.
Fue una etapa compleja pero muy interesante, todo lo relacionado con mi identidad y mi valor. Y con el tiempo, y sobre todo con terapia, conseguí ir equilibrándolo.
El libro también me ha ayudado mucho a perdonar cosas que aún vivía con vergüenza, y a encontrar valor en otras que daba por sentadas: mi empatía, ser buen compañero, mi generosidad… Son cosas que también forman parte de mí y que me han ayudado a no abandonar mi vida ni repetir decisiones equivocadas después de algo tan fuerte como estar a punto de morir.
Yo podría haberme victimizado, haber culpado a los demás o al pasado, pero no lo hice. Me responsabilicé. No fue un proceso lineal, hubo recaídas, pero la dirección fue clara. Y eso es mío, no me empujó nadie.
Sí es verdad que tuve un apoyo muy fuerte por parte de mi novio, Óscar, al que le estaré eternamente agradecido, y que aparece en el libro. Tuve un colchón emocional muy potente, pero aun así tuve que currármelo muchísimo. Fue duro, incómodo.
Y ahora intento reconocerme también esa parte: recuperar una versión sana del ego, que había perdido en ese proceso en el que ya no sabía ni quién era.


Pues mira, ahora mismo estoy en una etapa, desde hace unos meses, con cierta incertidumbre profesional. Mi proyecto principal, el programa de tele que presentaba, terminó en julio y estoy en un momento de bastantes dudas, incluso de vértigo por el futuro, porque ahora mismo no tengo una fuente de ingresos fija.
Estoy aprendiendo, gracias al trabajo de los últimos años, de crecimiento personal, de terapia, a aceptar el no saber como parte del proceso, sin que eso me genere una espiral de dudas. Dudar está bien, siempre va a estar ahí, pero que no te arrastre. Eso ha sido un logro que quiero reconocerme, y me da mucha paz. Y yo no estaba acostumbrado a estar en paz.
No echo nada de menos ese modo de alerta constante en el que vivía antes. Me gusta poder mirar atrás desde este lugar más tranquilo. Y el libro me ha ayudado mucho en eso: a mirar a esos “Jordis” que aparentemente eran malos, esos personajes que tuve que dejar atrás, con más compasión.
Porque ese Jordi que vivía tan deprisa y que tomó malas decisiones también hizo cosas que tengo que agradecerle. Me ayudó a desarrollar skills para navegar situaciones difíciles, para poner límites, para sostenerme en contextos incómodos. Trabajar en medios de comunicación, con una cámara delante, no es fácil, y hay días en los que no estás preparado.
Ese Jordi más descarado, más personaje, ese “Chicletol”, también forma parte de mí. Y también está el Jordi al que le gustan los placeres, lo hedonista, la belleza. Eso sigue siendo parte de quien soy.
Ahora siento que he encontrado un punto medio en ese péndulo. Y el libro ha sido como un impulso final para integrar todo eso: poder mirar al pasado también con agradecimiento, incluso hacia las partes que me llevaron a estar cerca de la muerte.
De cara al presente y al futuro, siento que estoy integrando las partes de esos Jordis anteriores con las que sí me quiero quedar: el Jordi juguetón, travieso, el que quiere experimentar. Eso está bien. Lo que no estaba bien era la medida en la que lo hacía.
Pero gracias a esa parte exploradora hice cosas muy chulas: proyectos fotográficos, exposiciones, sentirme realizado. Incluso en el trabajo con artistas, muchas cosas no habrían pasado sin esa actitud de creerme capaz, de echarle cara. Ahora me quedo con esa seguridad, con esa sensación de que si quiero algo y me lo propongo, puedo conseguirlo.
Es un poco como con la herencia familiar: no todo es malo, ni todo son traumas. En mi caso también hubo cariño, libertad. Y como adulto eliges con qué te quedas. Pues con los Jordis del pasado estoy haciendo lo mismo.
Y es muy satisfactorio ver que lo que vives ahora, incluso los errores, son tuyos. Ya no es algo que venga de fuera, de lo que te enseñaron o no. Para bien o para mal, la mayoría de cosas son responsabilidad tuya. Y eso, aunque da vértigo, también me está gustando.
