FURIO: hacer música como quien colecciona obsesiones

FURIO: hacer música como quien colecciona obsesiones

@furio_furio_

Entrevista: Luis De Gouveia Sousa.

Fotos: Tebo Penovi.

Foto asist: Nacho Cúneo.

St: Belén Simonian.

Retoque: Mauro Angst.

Asist. General: Florencia Branchicella.

Dirección Creativa: Furio

Me encanta esto que leí: “casi inmediatamente después de nacer empezaron las obsesiones”. ¿Qué tipo de obsesión crees que sigue intacta hoy en tu forma de hacer música?

Creo que basicamente, mi proceso es muy obsesivo. De chico era una persona bastante más visual que musical y siento que, al final, mi aproximación a hacer música sigue siendo muy visual. Creo que de haber nacido 20 años antes seguramente hubiera intentado hacer música de otra manera y capaz habría aprendido mejor a tocar algún instrumento. Porque yo toco cosas, pero no las toco bien; me sirve para componer, pero no me animaría a tocar ningun instrumento en vivo.

Para mí, hacer música siempre estuvo ligada a la interfaz de la computadora. Ableton o programas así, que tienen una interfaz muy visual. Me doy cuenta de que es muy importante ver la canción desplegada, y a partir de eso también tomo decisiones medio radicales: seleccionar todo y apagar todos los instrumentos menos la voz. Son cosas que podés hacer en dos clicks cuando componés así. Diría que es un proceso más horizontal, en el sentido de que todo está en una secuencia y podés verlo desplegado, y después decir: “a ver cómo se siente esto si apago todo menos esto”.

Eso también tiene que ver con que, desde muy chiquito, fui alguien de jugar mucho solo, de inventarme mis cosas. La música hecha desde la interfaz tiene mucho que ver con eso: con el juego y con no necesitar a otra persona para hacer una canción. Después trato de invitar a gente a colaborar, capaz cuando ya tengo más claro lo que quiero o lo que necesito que me complementen.

O incluso a veces parto de una idea y digo: “estoy con esto hace seis meses, llegué hasta acá y no logro encontrar cómo sigue”. A veces es eso, gente que te ayuda a destrabar. También siempre fui de coleccionar cosas. Si algo me gustaba en una revista, lo recortaba y lo pegaba en un cuaderno, y quizás le hacia un dibujo al lado. Iba recopilando todo lo que me gustaba y intercalando con mis propias creaciones.

Y sigo siendo muy así: todo lo que me despierta algo lo guardo. Hay algo en crear de esa manera que es bastante obsesivo. Tengo más de 50 archivos de Google Docs, todos interconectados, con distintos disparadores para hacer canciones. Algunos son documentos llenos de citas de cosas que me gustaron, otros son letras sueltas que siento que tienen un hilo conductor, y todo está entrelazado en una especie de sistema medio caótico.

He conectado fuertemente con el proyecto de FURIO porque, al igual que él, crecí profundamente atravesado por internet: los deep dives infinitos, la cultura pop entendida como archivo emocional y ese impulso casi obsesivo de conectar referencias, imágenes y sonidos. Entrevistarle fue, honestamente, un placer raro y cercano: por momentos sentí que hablaba con un amigo con el que compartía muchas formas de mirar y procesar el mundo.

FURIO, construyó su lenguaje desde ese cruce entre obsesión, juego y archivo. De niño, lo visual ocupaba un lugar central; más tarde, el pop, en todas sus formas, se convirtió en una especie de sistema de pensamiento. Su recorrido musical empieza junto a DEFENSA, proyecto que funcionó como laboratorio donde electrónica, música urbana y sensibilidad pop se mezclaban sin jerarquías, llevándolo a circuitos internacionales y a orbitar escenas que entendían la música como algo en constante mutación.

Ya en su etapa solista, esa lógica se volvió aún más íntima y radical. Su primer disco, Amateur, dejaba ver un enfoque DIY, emocional y performativo, donde lo doméstico y lo queer se transformaban en materia sonora. Pero es en BOY1 (primer capítulo de BOYEUR, su nuevo proyecto) donde esa búsqueda se expande definitivamente: cuatro canciones breves, dulces y estridentes a la vez, que funcionan más como fragmentos que como piezas cerradas.

En ellas conviven combinaciones improbables, baladas que se interrumpen, estallidos digitales y estructuras que parecen desarmarse mientras suceden. Más que construir canciones tradicionales, FURIO propone un sistema en movimiento: un proyecto que se desplegará a lo largo del año en múltiples formatos, donde el error, la intuición y el proceso tienen tanto peso como el resultado final.

Aprovecho esta introducción para anunciar algo que me emociona mucho: el próximo 16 de mayo, CLUB DESEO inaugura su primer ciclo de eventos en la Sala Heliogàbal, con la participación de FURIO. La noche se completará con un DJ set de TES ROSMERI, cuya práctica atraviesa la moda, la dirección de arte y la música con una sensibilidad tan juguetona como precisa, dibujando un paisaje sonoro tan sexy como inesperado.

En esta conversación con FURIO hablamos de obsesión como motor creativo, de la música entendida como un proceso profundamente visual, de cultura pop como conversación global acelerada por internet, del lugar del fan a la hora de crear, de comunidad y códigos compartidos, de los aprendizajes de su etapa en DEFENSA, de mezclar géneros sin jerarquías, de intuición, y de cómo BOYEUR se construye más como un sistema vivo que como una obra cerrada.

También me encanta otra cosa que leí sobre ti: que en la adolescencia llegó el pop con una dedicación casi monástica (horas de Wikipedia, VH1 y noches enteras bailando a oscuras, de Pixies a M.I.A., de Daddy Yankee a Madonna). Me siento muy identificado con eso. ¿Sientes que tu música intenta juntar todo ese universo o más bien romper la idea de géneros?

Siempre me sentí - y me sigo sintiendo - bastante obsesivo en ese sentido: leer mucho, entender cómo una cosa informa a la otra. Como entender qué estaba pasando en Berlin y cómo eso termina informando lo que pasa en Detroit. Terminás armando un mapa bastante completo. Más que nada, siento que quiero participar de esas grandes conversaciones que ocurren en la música. No son conversaciones habladas, sino un diálogo de gestos, sonidos, cosas que se van trasladando de un lugar a otro, y que con internet se aceleraron muchísimo.

Descubrir artistas como Arca y ver que al año siguiente ya está colaborando con Kanye y al siguiente con Björk me voló la cabeza. Siempre asumí que la cultura alternativa iba ascendiendo hacia el mainstream, pero de repente ver que los movimientos son tan acelerados - y cada vez más - me cambió esa idea. Siento que lo que hago tiene que ser muy de mi época. Trato de ser lo menos nostálgico posible. Incluso si estoy inspirado por algo que no es tan nuevo, lo intento girar y pensar: “¿cómo sería esto en este contexto?”.

También me interesa sentirme parte de una comunidad, tanto local como global, de un intercambio de códigos y gestos. Que al final es un poco de lo que va la cultura adolescente y la cultura de nicho, ¿no? Como ese “¿estás en esto o no?”. Por eso mismo no soy fan de la ironía. Siento que hoy en día la gente se refugia mucho en lo irónico. A mí me interesa más encararlo desde la sinceridad o la vulnerabilidad. Decir: “a mí de verdad me gusta esto”. Entro más por el lado de que todo me parece igual de lindo. Me parece muy hermoso ver cómo se pintan las distintas lineas de colectivo en Buenos Aires y también me parece perfecto el diseño de un iPhone. No creo que uno esté por encima del otro. Cumplen funciones distintas, pero ambos me interesan.

Me interesan porque, más allá de lo que esté atravesado a nivel capitalista, siguen siendo cosas diseñadas por alguien que quiere llegar a algo bello, a algo especial. Creo que ver la belleza en todo es importante. Implica abstraerse un poco de lo que significa a nivel masivo y preguntarte: “¿qué es esto?, ¿por qué es así?”. A mí me pasa mucho eso: no puedo ver algo sin empezar a desarmarlo en mi cabeza o preguntarme cómo llegó hasta ahí. Y creo que la música - y cualquier disciplina artística - tiene algo de eso: ver cómo alguien adopta un gesto, cómo lo replica o lo hace propio. Poder seguir esos hilos. Eso es lo que atraviesa todo lo que hago.

Hay algo muy de fan en tu historia: consumir música, investigar, obsesionarte. ¿Qué queda de ese lugar hoy cuando haces canciones?

Siento que es un poco lo que te decía antes: recopilo muchísimas inspiraciones de todos lados, todo el tiempo. Tengo un acervo gigantesco de recortes, de citas… Incluso si estoy escuchando una canción y me llama la atención algo - no necesariamente la canción completa, sino un detalle - muchas veces recorto ese pedacito y lo guardo en una carpeta que llamo “disparadores”. No sé si es lo mismo que una referencia. Nunca uso una referencia para una canción entera. Es más bien: este instante me despertó algo y me llevó por otro lado. Es como un micro-sampling, aunque ni siquiera llegue a ser sampling como tal.

También, por una cuestión generacional, conozco muy poca gente que esté completamente en la suya, sin interesarse por lo que pasa alrededor o por los movimientos más grandes. Es parte de un aspecto comunitario que hay en ser fan del pop que a mí me fascina.

Y me doy cuenta de que eso informa mucho lo que escucho. Más allá de que tenga un gusto personal, el fanatismo que compartimos con mis amigos - por ejemplo con Charli XCX y PC Music durante los últimos diez años - es algo que nos unió. Y también se siente que hay ciclos. Ese es un ejemplo muy macro, pero se traduce en todo. Si mis amigos fueran otros, con otros intereses, seguramente tendría otras referencias. Nos organizamos un poco alrededor de eso, y también de muchas otras cosas.

PC Music viene de una tradición que quizá se está perdiendo, en parte porque cada vez es más difícil sostener algo así a esa escala. Mentalmente lo conecto con lo que pasaba en Manchester con Factory Records, o con lo que hacía Andy Warhol con su Factory: la idea de producir arte en serie. Las tres cosas juegan con eso de una manera interesante.

Tiene que ver con la masificación de la cultura, que ya nos atraviesa completamente. Pero volviendo a la pregunta, siento que todo eso termina informando lo que hago porque soy muy fanático de las cosas. Y algo que me gusta decir es que muchas veces gente que no está tan metida en estas conversaciones te dice: “ah, pero sos un hater”. Y yo siempre respondo: no, al contrario, soy un lover.

Amo muchísimo la música, el cine, todo. Y justamente por eso me duele la mediocridad de muchas cosas que nos ponen enfrente. No es que no me guste porque sí: es porque lo siento de verdad. El arte me atraviesa, me hace llorar. Canalizo un montón de emociones a través de eso. Entonces hay algo ahí de tener opiniones fuertes, pero que vienen de un lugar muy emocional. Y creo que el consumidor promedio, sin ánimo de sonar elitista, muchas veces no lo vive así. Hay gente que consume de forma más pasiva, que simplemente ve o escucha lo que tiene delante porque es lo que toca.

Y está bien, es necesario también. Pero a los que estamos más metidos nos pasa que compartimos otros códigos. Está todo más fragmentado, más específico, pero también entendemos de dónde viene cada cosa.

Con DEFENSA ya estabas mezclando géneros sin demasiadas reglas y moviéndote en circuitos bastante específicos. ¿Qué aprendiste de ese proyecto y por qué sentiste la necesidad de irte a algo más personal?

En realidad, no se planeó en absoluto. La disolución de DEFENSA fue algo que simplemente sucedió, por cómo se dieron las cosas. Es un proyecto que hice con Juana, que era mi dupla. Ahora está haciendo una música hermosa, estoy súper interesado en lo que hace y también comprometido en ayudar en lo que pueda. La realidad es que es algo que hicimos juntes. Juana es mi única amiga del colegio, la única persona que me llevé de esa etapa de mi vida. Yo fui a un colegio de varones, católico, en San Isidro, una zona muy conservadora de Buenos Aires.

Y nosotras vimos algo la una en la otra. Es una persona a la que siempre le voy a agradecer, porque creo que mutuamente nos empujamos a entrar en esta locura. En ese momento era: tengamos una banda de covers y que esa sea nuestra forma de expresarnos.

Después fue: empecemos a escribir canciones propias, veamos si podemos tener un proyecto de verdad, salir a tocar en Capital, conocer otra gente. Todo eso que, sinceramente, no sé si yo solo lo habría hecho. Me pregunto mucho cómo habría sido mi vida si no la hubiera conocido. También tuvo que ver con reconocernos en nuestra queerness. Aunque fueran vivencias distintas, había algo que nos unía y nos empujaba a necesitar hacer y ver otras cosas.

El proyecto nació así, como una banda de covers cuando éramos muy chicos, y evolucionó hasta convertirse en algo con lo que llegamos a lugares muy lindos. Hicimos una gira en México, tocamos en festivales como Ceremonia o en espacios donde realmente queríamos estar. Después tomamos la decisión de mudarnos a España. Juana no sintió que fuera su lugar, entonces volvió y yo me quedé. Y ahí fue un momento bastante lógico: nos conocimos a los 15, pasamos 13 años haciendo música juntes y colaborando siempre. Tenía sentido empezar a explorar otras cosas, tanto por una cuestión geográfica como emocional. DEFENSA fue un proyecto que llegó hasta un punto. Podría haber llegado más lejos, pero creo que en cierto momento nos preocupamos por las cosas equivocadas. Sentíamos que el proyecto tenía que crecer y empezamos a hacer música que creíamos que podía gustarle a más gente.

Y ahí te das cuenta de que, cuando empezás a moverte entre lo de nicho que te gusta y algo más cercano al mainstream, hay una forma de hacerlo que puede ser muy acertada, pero también otra en la que terminás descolocando a tu público original sin conectar con el nuevo. Y eso es complicado. Siento que a DEFENSA le pasó un poco eso. El último disco me parece bastante sólido, pero creo que sacrificamos algo de lo que nos hacía únicos en pos de algo que pensábamos que iba a tener más alcance. Hoy en día trato de aprender de eso: quizá es mejor crecer poco a poco dentro de tu nicho y ser fiel a eso, que comprometer tu sonido o tu imagen. Pero más allá de todo, estoy súper orgulloso de lo que hicimos. Fue el disparador de muchas cosas. De hecho, terminé trabajando con Nathy, y en gran parte llegué a eso a través de DEFENSA. Fue bastante orgánico.

Al final, aunque hagas algo muy personal o de nicho, si está bien hecho, la gente se da cuenta. Tengo algunos sentimientos encontrados, pero sobre todo mucho orgullo y mucho cariño por todo lo que hicimos.

Al final uno quiere expresarse con lo que hace. Hay momentos en los que estás más introspectivo y otros en los que estás más desatado, y para mí la música tiene que acompañar eso. Intento, sobre todo, cuidar ese pulso inicial. Si una canción nace desde un lugar más pequeño, más introspectivo, trato de respetarlo. Y si de repente pega un salto extraño, también tiene que ver con eso: con la contradicción entre dos sensaciones que podés tener al mismo tiempo.

Entonces hay algo de cuidar, desde lo musical, que lo que estás haciendo refuerce ese impulso. A veces la canción empieza por una letra, a veces por un acorde, y es dejar que eso crezca de forma orgánica. Aunque el proceso sea prácticamente digital, intento mantener la espontaneidad, que no esté todo tan perfecto y alineado que pierda el carácter humano. Encontrar lo humano en la máquina y viceversa.

Eso es un poco la metodología. Después de muchos años haciendo música, ya no necesito apoyarme tanto en estructuras preexistentes. Al principio no me animaba a hacer una canción sin fijarme si tenía una estructura similar a otra canción que sentía funcionaba. Ahora siento que ya hice suficiente música como para decir: esta idea llega hasta acá, después pasa esto, después repetimos o no. Es más intuitivo.

También está la idea de jugar con la expectativa. Una canción sucede en el tiempo, y hay algo interesante en cómo alguien puede intuir hacia dónde va. Si cumplís esa expectativa, genera una sensación; si la rompés, genera otra. Y es preguntarte qué querés provocar en cada momento.

En BOY1 mezclas cosas que “no deberían convivir”: Kraftwerk con RKT, dulzura con estridencia. ¿Buscas ese choque o aparece de forma natural?

Siento que me interesa muchísimo el resultado final, pero con el tiempo logré correrme un poco de esa idea fija de cómo tiene que ser. Antes tenía una visión muy cerrada del resultado al que quería llegar.

Con el tiempo me di cuenta de que muchas veces me sorprendo en el proceso. Empiezo diciendo “voy a hacer una canción así” o “voy a buscar esto”, y en esa búsqueda aparece algo distinto. Dejarte sorprender por eso es clave. Tiene que ver con lo que hablábamos antes de la expectativa, incluso la que uno mismo tiene mientras está haciendo una canción. Y también con dejarte llevar por lo intuitivo, aceptar esos “happy accidents” o llegar a lugares que no eran los que estabas buscando, pero que igual están buenísimos.

También me pasa que hago mucha música que no siento que tenga que ser un single, ni que tenga que gustarle a todo el mundo. Entonces, en lugar de controlar todo y “peinar” las imperfecciones, intento aceptarlas. Porque eso también es lo que hace que algo sea más auténtico y, además, te permite avanzar más rápido.

La otra forma de trabajar ya la había agotado. DEFENSA, por ejemplo, era un proyecto muy prolijo, donde pulíamos mucho todo. Y después me di cuenta de que la música que más me gusta no es así: es un poco desprolija, un poco fuera de lugar, a veces desafinada, con decisiones estructurales raras.

Entonces quise acercarme a eso. No desde un caos absoluto, sino desde un equilibrio: hay improvisación, después edición, después volver a intervenir. Ese ida y vuelta me parece mucho más rico que intentar ir de A a B y podar todo lo que se sale del camino.

Y eso se traslada también a la idea del disco. Durante mucho tiempo quise hacer “el disco”, algo canónico, importante. Pero hoy en día eso ya no existe tanto. Todo está mucho más fragmentado. Durante un tiempo eso me frustró. Pero ahora lo veo distinto: ¿por qué tendría que ser así? Entonces este proyecto lo estoy pensando como algo que sale por etapas, en partes, aprovechando lo que te permiten las plataformas digitales. Antes estabas atado a un formato físico; hoy podés hacer lo que quieras.

Podés reescribir tu propio relato, incluir canciones de hace años si tienen sentido, cambiar cosas, experimentar con formatos. Todo está mucho más en tu control. Y siento que se trata de eso: aprovechar esas posibilidades y ver hasta dónde me lleva.

Dices que BOYEUR no funciona como un disco tradicional, sino como un sistema en expansión. ¿Cuándo te empezó a interesar más el proceso que el resultado final?
¿BOYEUR tiene un final o es, en esencia, algo que podría seguir mutando indefinidamente?

Creo que la idea es que esto esté enmarcado dentro de los próximos meses que quedan del año. También porque a mí me sirve trabajar con metas, con una cierta idea de construir un arco narrativo más grande que cada canción o cada lanzamiento individual.

Pero a la vez me gusta que ese relato no sea necesariamente lineal, ni que todo tenga que encajar perfectamente. La idea es que culmine en un álbum, pero puede que no todas las canciones que saque dentro de este proyecto terminen entrando en ese disco. Todavía es algo que está mutando. Lo que sí tengo claro es que va a haber una versión final, una propuesta de orden, pero también pueden existir otras.

Hay canciones que se enganchan entre sí, como en un DJ set, y de repente una te puede llevar a otra. Incluso puede pasar que una misma canción te conecte con dos distintas, y que alguien descubra esos recorridos alternativos. Hay un juego ahí que me interesa mucho. Me gustaría pensar que alguien algún día lo va a explorar a fondo y lo va a encontrar, pero si no, también está bien: es un juego que hago para mí, para divertirme.

Sobre todo, la pulsión más importante detrás de todo esto es trabajar rápido y divertirme. Confiar en el instinto y en lo aprendido. Decir: esto ya lo hice antes, confío en eso. Y quedarme con algo muy simple: si esto me hace sentir bien, si me mueve algo, si me toca alguna fibra, entonces es suficiente. No hace falta sobrepensarlo más.