fks: construir desde el glitch, el error y la contradicción
fks: construir desde el glitch, el error y la contradicción


Fotografía por Luciano Puxo
¿Cómo fue el tránsito de habitar la pista como público a empezar a construirla desde dentro, especialmente en tus primeros vínculos con la escena de Bogotá? ¿Qué significó para ti entrar a la escena a través de colectivos como Acid Resistance?
Bueno, Acid Resistance es un colectivo de electrónica punk, principalmente de Londres, aunque tiene una conexión muy fuerte con la escena bogotana. Habitar la pista en Bogotá creo que es muy sencillo, porque Bogotá sí es una ciudad muy de fiesta, de techno y de electrónica.
Colombia tiene muchísima historia en la música electrónica y electroacústica, entonces hay mucha cultura electrónica, festivales enormes y lugares increíbles. Puntualmente, en mi caso, creo que el haber estado perdido y solo durante muchos años, desde los diecisiete, me llevó a habitar la fiesta desde muy pequeño. Estar en las fiestas era un refugio, una escapatoria de una realidad súper estresante: trabajar, estudiar, pagar las mierdas de la vida. A los diecisiete ya estaba pagando arriendo, la habitación, la universidad y todo eso. Entonces la fiesta se convirtió en un espacio de verdadera diversión y también, pues sí, para drogarse y pasarla bien. Era un espacio un poco anticapitalista, donde literalmente dejaba de pensar en que tenía que pagar el alquiler. Simplemente la pasaba bien con mis amigos y ya. Era un espacio de liberación y de descanso del estrés. Además, muchos de mis mejores amigos venían de ingeniería electrónica, porque empecé estudiando eso.
A muchos les gustaba muchísimo el techno y empezamos a formar una comunidad de gente que iba a las fiestas. Todo esto fue hace unos diez años, más o menos entre 2015 y 2016. Ahí empezó realmente toda la etapa de las fiestas. Me enamoré completamente de la electrónica. Siempre me ha gustado muchísimo.
fks, otro nombre que resuena en los subsuelos de esta ciudad y que descubrí personalmente debajo del paraguas de las B2B parties, acontecimiento que tanto extrañamos y tanto nos hacen falta en estos momentos en la ciudad Condal. Otro artista al cual no le he quitado el ojo de encima en su recorrido artístico hasta el dia de hoy.
Frank no llegó a la música electrónica siguiendo un plan, ni como parte de una ambición clara de carrera. Su relación con la pista nace, más bien, de una necesidad muy concreta: encontrar un lugar donde el día a día dejara de pesar por unas horas.En Bogotá, entre trabajos, estudios y la precariedad de sostenerse joven en la ciudad, la fiesta aparece primero como refugio, y sólo mucho después como oficio.
Su historia está atravesada por esa mezcla de supervivencia y descubrimiento. Empezó habitando la noche como público, perdido entre raves y fiestas que le ofrecían un tipo de descanso difícil de encontrar en otros espacios.
fks se formó entre escenas muy distintas: el techno más duro, el acid punk británico, las fiestas queer en Bogotá, y las mezclas más recientes del Latin Club y la guaracha, que en su momento estaban lejos de ser celebradas. De ahí viene también una forma de entender la música que no busca encajar en una sola narrativa, sino más bien mezclar, tensionar y dejar que las cosas choquen entre sí. Hoy, Frank observa la cultura club con una mezcla de afecto y distancia, casi de una manera agridulce. Le interesa menos la idea de “mensaje” o discurso cerrado de un DJ set, y más lo que ocurre alrededor: el contexto, los cuerpos, las dinámicas reales de una fiesta.
Hemos tenido la maravillosa oportunidad de charlar con él, para contarnos toda su historia musical y política, que se remonta hasta diez años atrás.


Fotografía por Enrique Díaz
¿En qué momento dices: “me voy a poner a pinchar”?
Yo estudié en la universidad pública y uno de mis amigos iba a una universidad privada. Lo conocí porque yo le hacía trabajos a gente de privadas, sobre todo tareas de matemáticas. Vivía un poco de eso. Nos volvimos muy amigos y él empezó a coleccionar muchísimos vinilos y equipos. Tenía una CDJ 800, que en ese momento era bastante complicada de usar y de mezclar.
Él me empezó a enseñar, pero también era un poco envidioso. Venía de un contexto muy privilegiado y creo que le molestaba que yo aprendiera tan rápido y de forma tan intuitiva. Yo mezclaba mucho por instinto, por oído. Al final lo dejé y pensé: “esto no me interesa tanto”. Hasta que llegó la pandemia. En ese momento tenía un novio que era productor musical en Colombia, y yo era como su dealer musical, porque le pasaba muchísima música todo el tiempo. Él siempre se sorprendía de la cantidad de música nueva que encontraba y me decía: “¿por qué no te pones a tocar?”. Justo en la pandemia me fui a vivir a una habitación con una persona que mezclaba y ahí empecé a hacerlo de manera mucho más obsesiva, también porque no había nada más que hacer.
En realidad, nunca me había interesado tocar como una meta profesional. Yo solo quería pasarla bien. La fiesta era el único lugar donde realmente podía relajarme y olvidarme del estrés de la vida diaria. Ahí me sentía tranquilo. Fue mi ex quien me animó definitivamente a hacerlo. Él estaba muy metido en la industria musical y me insistía mucho en que probara. Y creo que precisamente esa indiferencia inicial, el hacerlo simplemente por diversión, me permitió conectar con muchísima gente.
Entonces empecé a tocar en medio del estallido social en Colombia. Participábamos en una colectiva transfeminista marica, donde vivíamos unas veinte personas trans, lesbianas y maricas compartiendo casa. Yo era quien pinchaba música para las marchas y las protestas. Montábamos carrozas y sistemas de sonido para acompañar las movilizaciones. Ahí todo empezó a volverse muy divertido: pinchar en la calle, hacer vogue beats, experimentar con samples y voces. Hacía mezclas muy precarias y totalmente autogestionadas, pero justamente esa crudeza también hacía parte de la energía del proyecto.
Tus referencias van desde el rave británico hasta las escenas latinoamericanas. ¿Cómo se mezclan esas dos genealogías en tu forma de pinchar?
Digamos que todo empezó con mi relación con el techno principalmente. Me refiero a la música techno y a toda esta escena de labels como Acid Resistance y otros que ahora no recuerdo bien, pero que tenían una ideología bastante punk. Venían de esa idea de coger una guitarra, meterle una 303 y construir una electrónica muy punk, con mensajes de resistencia, de crítica al sistema y de rechazo a las sociedades más duras o injustas. Era música con un componente muy político, de lucha.
A partir de ahí me empecé a involucrar también en la ideología de la música electrónica en general. Más o menos entre 2016 y 2017 empezaron a pasar cosas importantes en Bogotá, como las fiestas de Putivuelta y Tupamaras: Mariconeo Night Diva, que de alguna manera abrieron la puerta a todo este hype del Latin Club. En ese momento, entre 2017 y 2018, mucha gente empezó a mezclar el hardcore con la guaracha y con ritmos techno, creando nuevas fusiones. Putivuelta en particular fue muy importante porque abrió un espacio para que muchas personas empezaran a tocar y a pinchar estos géneros. Para mí fue una referencia clave, porque me hizo pensar que era posible construir una escena propia, mezclando influencias del rave británico con sonidos latinoamericanos como la guaracha, que en ese momento estaba creciendo muchísimo, aunque también estaba muy estigmatizada y recibía bastante rechazo.
No era nada “cool” pinchar guaracha entonces; al contrario, había mucho prejuicio hacia quienes la tocaban. Yo también venía con una formación en artes escénicas, y empecé a conectar el mundo del arte con todo esto. Empecé a ver sentido en esas mezclas y a hacer conexiones entre escenas distintas. Al principio tuve bastante rechazo, porque yo venía más del techno “clásico”, muy de camisetas negras y sonido más duro, y pasar a tocar guaracha rompía mucho con eso.
Pero poco a poco empecé a integrar todo. Putivuelta fue un colectivo muy importante, casi como el inicio de todo este movimiento. Para mí, muchas de las cosas que hoy están pasando en Europa con estos sonidos ya las había visto hace más de diez años en ese contexto, así que no me sorprenden tanto. En su momento parecía algo muy adelantado o incluso mal visto, pero era simplemente otra forma de entender la música electrónica y la fusión entre techno y guaracha.


Fotografía por Jim c Nedd
Si hablamos de tus referencias, ¿que te atrapó inicialmente de figuras como Chris Liberator o Dave the Drummer?
Muchísimo. En mi caso tengo algo que es que me aburro muy fácil, demasiado fácil. Entonces cuando empecé a ir a fiestas, sobre todo queer, me divertía un montón, pero sentía que eran demasiado soft para lo que yo necesitaba en ese momento.
Después empecé a meterme en el mundo del “pum-pum” en Colombia, y en los toques más intensos de techno. Eso me gustaba más porque era más duro, más rápido, más intenso. Pero también me acabé aburriendo un poco de eso. En un momento descubrí una fiesta de acid techno con unos amigos, donde tocaba gente como Chris Liberator. Recuerdo que era un DJ muy directo, muy crudo, y ver eso en directo fue una locura. Fue en un lugar en La Calera, en Bogotá, en una de esas fiestas de sábado donde se mezclaba techno, pum y distintos estilos. Había muchísima gente y mucha energía. Esa experiencia me impactó muchísimo. Me gustaba porque me hacía sentir cosas muy fuertes, casi extremas. Es una música que no es para todo el mundo: es rápida, intensa, con carga política, y te lleva a un estado muy particular.
A partir de ahí empecé a obsesionarme con ese sonido. Escuchaba sets todo el tiempo, iba a la universidad en bicicleta escuchándolos con mi amigo Federico, que también estaba muy metido en esa escena. Íbamos a todos los toques posibles. Había además una conexión muy fuerte entre Bogotá y Londres, porque traían muchos DJs de la escena UK a tocar a Bogotá. Eso hacía todo muy emocionante, porque veías en vivo a referentes que luego se convertirían en figuras enormes del techno británico.
A veces siento que entiendo lo que uno puede construir con la narrativa de un DJ set, pero hoy en día estoy bastante desilusionado con eso. Siento que en muchos espacios un DJ set por sí solo no dice tanto. No va a cambiar el mundo ni la vida de la gente. Además, hoy en día la gente ni siquiera escucha un set completo, está muy dispersa, como disociada. Hay incluso textos muy interesantes sobre la pérdida de atención en el club.
Todo eso me ha ido generando bastante desilusión. Por eso me cuesta pensar en una narrativa centrada solo en el DJ set. Prefiero pensar en la narrativa de una fiesta completa. Me interesa más organizar espacios donde todo el contexto tenga sentido: la gente, las referencias, lo político, la energía. No creo que un DJ set aislado tenga hoy la capacidad de transformar mucho. En cambio, en un live siento que puedo tener más control narrativo, porque trabajo con música original. Ahí sí siento que como artista puedo decir algo más claro: una especie de voz, incluso de denuncia, o hablar de cosas que me parecen injustas o muy personales y emocionales.
Pero en general, especialmente después de varios años en esta ciudad, siento bastante desilusión con la escena. Muchas veces construir una narrativa se vuelve algo muy performativo. Es como si todo el mundo quisiera ser escuchado, pero en realidad nadie estuviera escuchando. También creo que estamos en un contexto muy marcado por el consumo rápido, donde todo se consume y se olvida muy rápido. En ese sentido, muchas cosas se pierden, incluso dentro de la música. Pero es verdad que vivimos en un entorno muy acelerado, donde todo es muy inmediato y desechable. Incluso cosas que en su momento fueron importantes, luego desaparecen rápido de la memoria colectiva. He leído también textos sobre la experiencia en raves, la disociación y el trance que genera la música electrónica.
Me interesa esa idea de la fiesta como un espacio mental, casi de trance, donde puedes salirte un poco de la realidad. A veces siento más afinidad con esa visión menos trascendental y más ligada al espacio de libertad y disociación, especialmente en contextos queer, donde la fiesta puede ser un lugar de liberación del cuerpo y de la identidad. Al final, creo que en ciertos espacios de rave uno deja de ser un objeto de consumo, a diferencia de otros entornos más comerciales, y eso también cambia completamente la experiencia.
En las escenas underground, la energía colectiva es clave. ¿Qué te interesa más al pinchar: controlar la narrativa o perderla en la pista?


Fotografía por Jim c Nedd
Cuando empecé a pinchar techno, sobre todo en fiestas más heterosexuales, de gente con camiseta negra, de cuatro por cuatro y también con guaracha, me pasaba algo muy claro. A veces venían algunos “bros” y me decían: “me gustó mucho lo que pusiste, pero cuando metiste guaracha no me gustó nada”. Yo les respondía que no estaba tocando para ellos, que estaba tocando para gente queer. En ese momento lo veía de una forma bastante frontal, casi como una posición muy clara.
Hoy en día lo veo distinto. No es que no me importe, pero no quiero hablar tanto de ello. No quiero construir un discurso de “soy inclusivo” o “hago espacios seguros” o ese tipo de cosas. Prefiero que eso no esté tanto en el discurso. Ahora me interesa más que se vea en la práctica: en los lineups, en cómo organizo las fiestas, en a quién invito y con quién trabajo. No quiero posicionarme tanto desde lo declarativo o lo políticamente correcto, sino que eso simplemente se refleje en lo que hago. Anunciarse es importante, porque necesito tener un espacio donde poder comunicar lo que estoy haciendo. Pero al mismo tiempo, siento que estamos en una ciudad donde hay muchísimos anuncios, muchas palabras, muchas banderas. Y desde mi experiencia, lo que veo es que todo eso se está yendo un poco hacia el vacío, como si estuviera perdiendo sentido. Y aunque me parece bien, porque la palabra tiene poder y genera impacto, yo vengo del teatro y sé que la palabra tiene mucha fuerza, también siento que hoy ese impacto se diluye un poco. No tengo una respuesta clara sobre eso. Lo único que tengo más claro es que prefiero que las cosas se vean en la práctica.
En tu práctica queer, el club no es solo entretenimiento. ¿Qué significa para ti construir o habitar espacios donde el género, la identidad y el cuerpo se desbordan de la norma?
Tu trabajo también es muy visual, tienes una relación con la fotografía muy íntima y de compromiso con la comunidad. ¿Cómo dialoga lo visual con lo sonoro en tu práctica?
Llevo varios años intentando organizar una especie de website o sistema donde me hago la misma pregunta: cómo puedo articular de una forma coherente mi trabajo artístico y mi trabajo conceptual, de manera que tenga sentido. Por eso también voy un poco lento en responder esa pregunta. En la práctica, por ejemplo en la fotografía, me encanta hacer videoclips, pensar imágenes para música, y desarrollar ideas visuales constantemente. También tengo vídeos personales que subo a YouTube y a los que vuelvo pocas veces, pero que forman parte de mi relación con lo audiovisual y la música.
En el fondo, lo que me interesa es construir un vínculo más orgánico entre estos distintos mundos. Me pregunto cómo articular una práctica artística y performativa que no sea solo la suma de dispositivos, sino que responda a un concepto más amplio. Como estudié artes escénicas, siempre tengo muy presente esa idea de pensar más allá de la pieza en sí. En relación con la fotografía y la comunidad, casi no fotografío a personas desconocidas. Me cuesta un poco. Suelo centrarme más en mi círculo cercano, en mis amigos, construyendo casi un archivo de mi gente, de mi entorno íntimo.
En la música, siento que todo llegó un poco sin planearlo. La música apareció y terminó ocupando mucho espacio en mi vida, incluso llevándome a giras y a otro tipo de experiencias. Pero también siento que esto está muy ligado a la fotografía. De alguna forma, siento que todo esto viene de una serie de “fracasos” o desvíos respecto a los planes iniciales. Tenía unas expectativas de vida, pero las cosas fueron tomando otra dirección. Ahora estoy intentando articular todo eso, entenderlo y darle forma. También lo vivo como una cuestión de supervivencia, en el sentido de poder ser leído como artista y tener una capacidad de reflexión sobre lo que hago, más allá de la práctica en sí. No es algo fácil, pero me interesa poder dotarlo de un sentido más profundo, incluso si es solo para mí.a mí: porque es la forma más directa y más fuerte que tengo de sentir y de conectar con la vida.


Has tocado en contextos muy distintos, desde Bogotá hasta festivales como Nyege Nyege y ahora Barcelona. ¿Qué cambia en tu lectura del público y del cuerpo en esos diferentes territorios?
Yo diría que todos los contextos son diferentes. Por ejemplo, cuando toqué en Ñegue Ñegue, la gente estaba bastante confundida. Era un set entre lo experimental, y la gente no terminaba de entender qué estaba pasando. Ese mismo año también tocaba Rosa Pistola, y en su caso ya había un concepto más claro y global del perreo, y de lo que está haciendo ahora con el zapateo. Ahí ya había una lectura más definida. Creo que en Bogotá la gente es bastante receptiva al movimiento del cuerpo y a experiencias más intensas. Lo que yo he visto en los espacios en los que he estado es que la gente busca vivir emociones fuertes.
En cambio, en Barcelona depende mucho del lugar. Hay espacios donde tiene sentido algo más chill, porque es una ciudad costera y la gente busca también ritmos más suaves, con menos intensidad. Además, al ser una ciudad europea, hay más calma, más pausas, otro ritmo. Eso contrasta bastante con muchas ciudades de Latinoamérica, que suelen ser más rápidas, más agotadoras y más sobreestimulantes. Al final, todo depende del contexto y de la fiesta. A veces, cuando tú performas, parece que la gente lo está pasando increíble, pero no siempre es del todo así. También he tocado en fiestas aquí donde la gente realmente está muy conectada, muy arriba, disfrutándolo de verdad.
Para cerrar: si tu sonido fuera un espacio físico hoy, ¿cómo sería ese lugar y qué tipo de cuerpos o energías lo habitarían?
Siento que el sonido que me interesa nace justamente del caos humano, del error, del fracaso y de todo lo imperfecto. Me gusta el noise, el ruido, lo incómodo, lo políticamente incorrecto. Por eso creo que un mundo completamente perfecto o controlado no tendría sentido para la música que me gusta. También me interesa que existan voces incómodas o contradictorias, no porque quiera defender la violencia, sino porque creo que el error y la contradicción hacen parte de lo humano. Por eso me cuesta un poco la idea de los espacios completamente “clean” o excesivamente controlados.
Sí creo en espacios de cuidado y respeto, pero también en lugares donde exista el desacuerdo, el cuestionamiento y la posibilidad de equivocarse. A mí me gusta discutir, que me lleven la contraria, sentirme incómodo a veces. Siento que ahí es donde realmente construyo algo y donde puedo relacionarme de una forma más honesta con el fracaso y con mi propia humanidad. Creo que todo esto también viene de mi historia personal. Mi familia es testigo de Jehová y crecí sintiéndome incorrecto ante los ojos de Dios y de mi entorno. Eso me generó mucha depresión durante años. Entonces, para mí, lo queer también ha significado apropiarme de aquello que me hicieron sentir como un error y convertirlo en algo propio.
Por eso hoy me interesa construir desde el caos, desde la imperfección y desde lo humano, no desde la idea de perfección o corrección absoluta. También siento mucha distancia frente a ciertos espacios artísticos o culturales más privilegiados, porque tienen códigos sociales muy específicos que yo nunca aprendí del todo a manejar.
Fotografía por Pasión Flórez
