Dionisie: Belleza alterada y transgresión frente al 'clean look' de manual

Dionisie: Belleza alterada y transgresión frente al 'clean look' de manual

@dio.muah

Entrevista: Luis De Gouveia Sousa

Especial Orgullo 2026

Creo que hoy en día el maquillaje ya no va de tapar imperfecciones, sino de cambiar las formas de la cara y jugar con los volúmenes. Cuando te pones a trabajar, ¿te interesa seguir las reglas de lo que siempre hemos considerado "una cara bonita" o prefieres romper esas normas y cambiar por completo las facciones?

Yo personalmente prefiero romper las normas porque el maquillaje a mí me llama la atención cuando expresa algo, cuando comunica, y no cuando intenta gustar; cuando la persona no intenta encajar en los gustos socialmente aceptados, sino comunicar, expresar, revelar incluso una parte interior que muchas veces tenemos dormida. Una parte que está oculta y que a veces el maquillaje ayuda a destapar. El maquillaje es un arma social de cambio y, en realidad, es un medio de cambio social.

Detrás del usuario @di0nise (o de su portafolio de maquillaje @dio.muah en Instagram) se encuentra Alba Alfonso Oller, una maquilladora y estilista afincada en Madrid que no solo trabaja con las brochas, sino que piensa el rostro desde las ciencias sociales. Formada en Antropología, ha convertido el maquillaje en un terreno de juego estrictamente político y visceral, alejándose de la pulcritud artificial del clean look de las redes para abrazar el error, el sudor de la pista y la belleza alterada.

En su imaginario mandan referencias que van mucho más allá de lo común, una batidora cultural que cruza el cine de los dos mil, los iconos de la revista Súper Pop y los efectos especiales. Para Alba, el maquillaje nunca es una máscara que esconde o despersonaliza; es el teatro necesario que revela las verdades emocionales más ocultas de las identidades queer.

Esta entrevista forma parte de nuestro calendario especial por el mes del Orgullo 2026, un espacio donde hemos buscado a personalidades diferentes dentro de la comunidad LGBTQ+ para explorar otras visiones del mundo creativo, entender qué piensan, qué referencias toman y qué opinan del Orgullo actualmente.

En esta conversación, hablamos con ella sobre el impacto de la recesión política en los estándares de belleza actuales, las jerarquías estéticas que a veces se reproducen dentro del propio entorno nocturno, y la necesidad de seguir utilizando la imperfección, el exceso y la incomodidad como una herramienta de sanación y protesta frente a un Orgullo cada vez más corporativo.

En nuestro entorno, el look suele ser justo lo que nos permite enseñarle al mundo quiénes somos de verdad. ¿Cómo consigues que un maquillaje súper potente o teatral no eclipse la personalidad del que lo lleva?

Pues yo siento que nada de lo que se puede realizar a través del maquillaje es solo estético. Siento que hay algo de verdad dentro del maquillaje, algo que conecta con la persona y que nunca es cien por cien dicotómico.

No creo que se cree una realidad paralela con el maquillaje ni que se despersonalice a la persona, sino que todo lo que se comunica con el maquillaje es algo que está dentro de ella. Porque el maquillador es como un psicólogo en ese sentido: hacemos preguntas para entender a la persona, para empatizar, para saber qué la hace sentir cómoda.

Entonces, si se crea algo que visualmente mucha gente no entiende, es porque hay una verdad escondida detrás de la persona que sale con el maquillaje, una verdad que se revela. Por así decirlo, la cultura nos ha estado enseñando todos estos años que la autenticidad significa un look natural, un clean look, ¿no? Vemos eso como la autenticidad.

Pero en realidad muchas identidades queer encuentran la autenticidad en lo artificial como una forma de revelar sus emociones ocultas. Por ejemplo, imagínate que de repente me llega una clienta y me pide un maquillaje *club kid”, pero me dice que nunca se ha maquillado con una cara blanca. Pues yo lo que hago es impulsar eso que ella me pide de una forma que conecte con su verdad emocional, que desea experimentar y explorar.

Porque siento que al final todo es una performance. Todo es performático. No existe algo completamente real y auténtico. Incluso la ropa es social, el tono de voz, las reglas... Todo lo que viene siendo el concepto de pureza es algo relativo.

Entonces, ¿cómo evitar que un maquillaje teatral eclipse la personalidad de la persona? Creo que nunca llega a eclipsarla, sino a revelarla. Revela su personalidad oculta. Siento que el teatro siempre revela lo más auténtico de ti mismo.

Me fascina cuando el maquillaje ya se ha alterado, porque me gusta la belleza alterada. Me gusta la belleza cuando tu cuerpo ha vivido algo, cuando transcurre una emoción. Por ejemplo, lo que has dicho del beso: cuando te besas con alguien, eso significa que en tu maquillaje hay una historia.

Hay una memoria, hay algo relatable dentro de esa noche. Ese maquillaje te ha elevado como persona hasta tal punto que te has besado con alguien, y ese maquillaje se ha destruido. Me gusta mucho esa visión del maquillaje como un lugar donde hay vida. Si hay vida, hay un cambio en el maquillaje; no se puede quedar estático. Tenemos que soltar el control y dejar de ser todo el rato tan meticulosos.

Al final, la piel tiene vida, está respirando y suda. Y si sentimos es porque estamos vivos. Apagar eso no tiene ningún sentido, e intentar controlarlo tampoco.

A no ser que sea para una gala o un evento en el que la persona esté incómoda por los flashes o por el calor; eso ya es otra historia. Pero una noche de fiesta en la que el maquillaje se ha corrido me parece superestética y superbonita, porque hay vida, hay una historia y hay movimiento.

El sudor y las horas en la discoteca destruyen cualquier acabado perfecto. ¿Te interesa el colapso del look? ¿Qué te transmite estéticamente un maquillaje deshecho a las cuatro de la mañana?
¿Qué te parece todo este concepto de belleza actual basado en el ‘clean look’?

Yo creo que estamos en una etapa de recesión política y, claramente, el auge de la ultraderecha está afectando muchísimo incluso a los propios estándares de belleza y a los códigos de vestimenta. Claramente, todo el mundo se está viendo afectado por esta recesión, y eso afecta al maquillaje igual que afecta al resto de áreas de nuestra vida.

Entonces, afecta a cómo nos maquillamos. Queremos vernos mucho más normativos, buscar ese efecto de piel sana, que bueno, obviamente todos queremos una piel sana. Pero también hay formas de llevar una piel sana y poder hacernos una sombra inspirada en los años sesenta, por ejemplo. O un maquillaje corrido, como bien has dicho. Simular el efecto de una ojera, por ejemplo, en vez de lucir una piel como la de Hailey Bieber.

Para mí, Hailey Bieber es un referente de skincare, pero no tiene por qué ser un referente de belleza. Para mí, los referentes de belleza no están en una cara lavada, sino en lo que transmite una cara, en la verdad que está transmitiendo.

Pues mira, esto es curioso porque yo estudié Antropología. Luego hice unos meses de caracterización y también estudié estilismo. Ahí aprendí un poco de visagismo y estilismo de peluquería. Hice varios shootings y mi trabajo final estuvo relacionado con el maquillaje.

Por ejemplo, lo hicimos sobre las princesas Disney. Y es curioso porque, para darle la vuelta a un referente tan absurdo como puede ser una princesa Disney, que fue lo que nos dijeron que teníamos que hacer, yo cogí a Blancanieves y trabajé con una chica trans. Hice un shoot con sangre de un chico que aparecía de fondo en la fotografía; él salía desnudo y la chica trans estaba mordiendo una manzana.

Para mí, el referente, que en este caso era Blancanieves, se transformó por completo. Puse a una chica trans con el pelo corto, un maquillaje bastante messy y una boca con efecto beso. Entonces, para mí las referencias no existen como algo cerrado; no las tengo metidas en cajas. No tengo una caja del pasado a la que acudir, pero sí existe la transgresión como modus operandi de mi trabajo.

Para mí todo pasa por la transgresión. No necesariamente a nivel político, sino a nivel de transgredir el concepto de belleza. Cogí una Blancanieves y le metí sangre; cogí una manzana y le hice una boca efecto beso, efecto mordida. Al final es darle otro sentido a la imagen.

Cuando algo es muy carnal, muy visceral, transmite algo. Para mí el maquillaje es visceral: tiene que transmitir. Por eso la sangre, el mundo de la caracterización o los efectos especiales me inspiran muchísimo. También me inspira introducir elementos vivos, como plantas, o alejarme de lo que normalmente entendemos por un beauty básico para incorporar FX que aporten vivacidad o un toque de fantasía.

Y luego, si tuviese que elegir una caja del pasado a la que recurro mucho como drag, sería la estética de los 2000 y los iconos pop. Yo siempre he sido una niña muy pop. Me compraba la revista Súper Pop y era adicta a todas esas películas y series de los noventa y los 2000: Zoey 101, H2O, Lizzie McGuire, Raven, Hannah Montana... Siempre me he sentido muy unida a esa visión del pop y también estoy muy conectada al cine. Por ejemplo, uno de mis grandes referentes es Angelina Jolie. Sé que puede parecer muy básico decirlo, pero me parece una persona tan humanitaria y tan polifacética que siempre me ha inspirado.

Una de mis películas favoritas, y que además me inspira muchísimo a nivel de maquillaje, es Inocencia interrumpida. Hay una imagen de Angelina Jolie con ojeras, el labio mordido, una expresión cansada, el pelo desordenado y el flequillo mal cortado. Esa referencia está completamente en mi imaginario.

Para mí eso es arte. Esa cara cansada, ese pelo loco, ese aspecto imperfecto... Angelina Jolie es un icono que está siempre en mi cabeza. Si tuviera que decir un referente concreto, probablemente diría Hannah Montana, aunque suene cliché. Pero sí, gran parte de mis referencias vienen de la estética de los 2000: Zoey 101, Lizzie McGuire, Hannah Montana... Y también de la transgresión como forma de entender las imágenes, de darle la vuelta a la tortilla.

Obviamente, mi infancia y mi adolescencia son el motor que me impulsa en la adultez. Cuando recurro a mi imaginario, lo que encuentro son esas referencias de cine, esas películas y esas historias. Al final, creo que el cine alimenta muchísimo la imaginación de un niño.

También pienso mucho en el futuro, soy muy experimental, me gusta lo monstruoso, lo que no se puede dibujar, ni pensar, lo que incomoda, para mi el futuro es mi respuesta y mi salvación a muchas dudas que me presenta la vida.

Esto es muy importante para mí. Dios, para mí, no es algo en lo que crea de forma literal; no soy supercatólica. Pero sí diría que Dios es una metáfora para describir el mundo.

En ese sentido, Dios sería el mejor artista. Yo acudo mucho a la naturaleza como inspiración. Por ejemplo, muchos bichos e insectos tienen formas y colores que ni el propio ser humano es capaz de imitar.

Entonces, diría que esos son mis grandes referentes: el cine, la estética de los 2000 y la naturaleza. Poco más.

Casi todo el mundo se inspira hoy en día scrolleando Pinterest o TikTok, lo que hace que mucha estética actual termine pareciéndose entre sí. A la hora de buscar referencias, ¿dónde miras tú? ¿Qué archivos, subculturas o esquinas del pasado rescatas para no terminar haciendo lo mismo que el resto?

Pues mira, a pesar de que en mi cabeza todo es mucho más fácil de gestionar, siempre intento hacérselo fácil al cliente. Aunque tengo una identidad visual muy marcada como artista, también mantengo esa perspectiva social y empática del maquillaje: empatizar con el cliente y con lo que me pide. Soy bastante adaptativa en ese sentido.

Entonces, intento encontrar un equilibrio entre mi trabajo creativo y lo que me piden, que a veces puede ser algo supertécnico y superbásico. Busco equilibrar mi identidad de marca con las necesidades del cliente de la manera más educada y empática posible, para hacérselo fácil.

Porque, al final, aunque el maquillaje sea un arte y tenga algo de libre albedrío, también es un trabajo técnico.

Esta entrevista sale en pleno mes del Orgullo, una fecha donde las marcas se llenan de arcoíris y discursos bienquedas. Fuera del marketing corporativo, el Orgullo histórico nació precisamente de cuerpos hiperestilizados, exagerados y disidentes que incomodaban a la norma. Para ti, como artista visual, ¿dónde reside hoy el verdadero potencial político de una imagen queer?
Una cosa es maquillar a tus amigas en casa para salir de fiesta y otra muy distinta lidiar con los tiempos, los presupuestos y las exigencias de un rodaje o un videoclip profesional. ¿Cómo se defiende la identidad de tu propuesta cuando entran en juego las directrices de una producción o el dinero de un cliente?

Yo pienso que la revolución está en incomodar. Incomodar los roles de género, los estándares de belleza, la norma. Incomodar para que la gente consuma también otro tipo de belleza.

Reconectando con la pregunta que me hiciste sobre cómo me gusta maquillar, si prefiero exaltar ciertas facciones de la cara o trabajar desde un maquillaje más o menos normativo, a mí me gusta poner énfasis en elementos que transmitan algo. Por ejemplo, un lip combo creativo, con un color bonito o una intención detrás. A veces también en los ojos, en una ceja decolorada o incluso en tapar la ceja por completo.

Me interesa coger aquello que incomoda a algunas personas, resaltarlo y llevarlo mucho más lejos. No tener miedo y hacer políticas contra el miedo. Creo que todavía vivimos con miedo al rechazo, a que la gente nos mire mal por la calle, nos juzgue o piense que no estamos haciendo las cosas bien; que todo esto es una pérdida de tiempo. Pero el arte nunca es una pérdida de tiempo.

El arte es nuestro alimento, nuestra sustancia, aquello por lo que muchas personas pueden sobrevivir. También es un método, no de escape, sino de sanación después de tantos años de martirio. Siento que la gente necesita del arte para sobrevivir. Incluso muchos políticos van al teatro, escuchan música a diario o van al cine. Todo eso es arte, y el arte es necesario a cualquier hora y en cualquier momento.

Y el maquillaje también. El maquillaje nos permite ilusionarnos, nos permite ver una fantasía, una obra de arte. Igual que una pintura al óleo o el trabajo de cualquier artista visual. Para mí, el maquillaje forma parte de toda esa cadena artística y es igual de necesario que la producción artística que encontramos en los museos o que cualquier obra musical.

Por eso me interesa mostrar emociones a través del maquillaje: el cansancio, el deseo, el exceso, sentirse vivo, incluso el duelo o la fragilidad en un mundo que exige constantemente perfección.

Al final, para mí, el potencial político está en desafiar todos esos cánones y esa norma, incomodando un poco los estándares de belleza.

Se habla mucho de la comunidad LGBTQ+ como un refugio idílico, pero la noche y los mundos creativos también pueden ser muy crueles con la gente que no encaja en ciertos estándares. ¿Cómo dialoga tu trabajo con esas jerarquías de belleza que existen dentro de nuestro propio entorno?

Pues a veces no todo es blanco o negro y, a veces, lo llevo bastante mal.

Intento hacer como que todo es de color de rosa, pero la realidad acaba salpicándote. Y, por ejemplo, las comunidades queer también reproducen violencia muchas veces: el edadismo, la juventud obligatoria, la gordofobia, la blanquitud o incluso el clasismo.

Muchos maquilladores que están empezando, muchos profesionales de la industria y muchas drags no tienen presupuesto para cubrir sus necesidades.

Es una injusticia que se discrimine a tanta gente que no tiene esas necesidades cubiertas, ya sea por su etnia, por su religión o incluso por su género. Es una pena que exista esa jerarquía. Yo estoy superen contra de ella y, además, a veces aparecen exigencias disfrazadas de libertad. Por ejemplo, nos venden una imagen pulida en Instagram como si fuera aquello a lo que tenemos que aspirar o acercarnos.

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