David Moragas: la intimidad como territorio incómodo
David Moragas: la intimidad como territorio incómodo


Mucho cine LGTBIQ+ actual se enfoca en grandes eventos o en la visibilidad pública, pero tú prefieres centrarte en lo que ocurre de puertas para adentro. ¿Crees que es en la intimidad del hogar donde somos realmente honestos, sin tener que actuar para los demás?
Sí, creo que hay una cosa que me fascina mucho del cine, que es esta capacidad de poder infiltrarse dentro de las casas de la gente. Y como director siempre me he considerado un poco voyeur. Me gusta mucho espiar a los otros. Y como guionista, el hecho de hacer cine te permite precisamente esto: colarte en una intimidad ajena de una forma que no podrías hacerlo de ninguna otra manera.
Creo que todas mis películas comparten esta idea de poder estar en una habitación como si fueras una mosca oculta, en una esquinita, y observar la intimidad de los otros. Y para mí eso es muy importante, porque especialmente en el colectivo, nadie nos ha enseñado cómo tiene que ser nuestra intimidad.
Tenemos muy pocos referentes reales de lo que ocurre detrás de las paredes. Y en ese sentido, igual que yo lo he echado en falta como espectador, ahora me apetece mucho escribir sobre esto desde este punto de vista.
Hay algo casi contracultural en el cine de David Moragas. En un momento en el que muchas historias LGTBIQ+ parecen obligadas a ser inspiradoras, pedagógicas o ejemplares, sus películas se detienen en lugares mucho más incómodos: la incertidumbre, el desencuentro, la rutina y la soledad. No le interesan tanto los grandes discursos como aquello que ocurre de puertas para adentro.
A través de títulos como A Stormy Night, Demà ho deixem o Un altre home, Moragas ha ido construyendo una filmografía interesada en aquello que sucede cuando desaparece la necesidad de representar un papel. Sus personajes son contradictorios, vulnerables y, sobre todo, reconocibles. Quizá porque nunca parecen preocupados por ser un ejemplo de nada.
En el marco del Mes del Orgullo, hablamos con el director y escritor sobre la intimidad como territorio de exploración cinematográfica, la soledad como una experiencia atravesada por el contexto social y las limitaciones de una idea de "comunidad" que, a veces, corre el riesgo de simplificar realidades muy distintas. También sobre la importancia de seguir imaginando historias queer que se permitan dudar, equivocarse y habitar sus propias contradicciones.


Has rodado en Nueva York (A Stormy Night) y en Barcelona (Demà lo deixem). ¿Crees que el deseo y la soledad son lenguajes universales o el código postal dicta cómo nos permitimos querer y ser heridos?
Es una muy buena pregunta. Yo honestamente creo que la soledad como fenómeno social está muy vinculada al contexto y, en ese sentido, no creo que vivamos la soledad de la misma forma en Europa, por ejemplo en los países mediterráneos, que en los países nórdicos, o en este caso entre Estados Unidos y España.
Yo concretamente vivía en Nueva York y la soledad allí se vive de forma muy distinta a como la vivimos aquí en Barcelona. Al final, la soledad es un fenómeno social muy vinculado a la comunidad y, por extensión, también muy vinculado a la política.
Y claramente son dos ciudades completamente distintas en ese sentido, y eso afecta a la forma en la que se vive la soledad.
Pues creo que no es algo que me plantee cuando empiezo a escribir. Nunca escribo desde ese posicionamiento. Nunca pienso en lo panfletario, porque me resulta reduccionista, ya que creo que la experiencia humana es mucho más compleja. Y tampoco creo tener una moral para decidir lo que está bien y lo que está mal.
Entonces, nunca escribo desde el didactismo. Intento alejarme mucho de estas premisas. En cambio, sí me interesan más las contradicciones de las personas. Creo que es más interesante escribir sobre una persona con muchas contradicciones que sobre una persona ejemplar o modélica.
Creo que las personas que formamos parte de colectivos minorizados hemos tenido que hacer un trabajo bastante exhaustivo de decodificar aquellos patrones, de entender el funcionamiento de una sociedad que a veces nos ha excluido o nos ha hecho sentir minorizados. Y por eso creo que somos especialmente sensibles a la política de las historias y a este tipo de juicios.
Entonces, a lo mejor somos un poco más exigentes como público queer, simplemente porque hemos tenido que desarrollar una sensibilidad más deconstruida. Lo cual hace que, efectivamente, a veces seamos más exigentes. La gente hetero, en cambio, suele ser más permisiva con sus personajes y con su tipo de historias.
Existe una tendencia a que el cine queer sea pedagógico o dé lecciones. ¿Sientes la presión de crear personajes que sean "referentes" o prefieres rodar a personas que simplemente se equivocan?


El marketing de la "comunidad" nos vende una unión constante y festiva, pero tu cine abraza la melancolía y el aislamiento. ¿Hemos convertido la palabra "comunidad" en un eslogan para tapar que, en el fondo, seguimos estando profundamente solos frente a la pantalla?
Pues no lo tengo tan claro. A mí sí me resulta problemática la palabra “comunidad”, porque me parece una forma de hegemonizar, es decir, de igualar todas las experiencias queer en una sola. Y eso es problemático, porque vuelve a excluir aquello que es diferente o está minorizado de otra forma.
En ese sentido, no tengo claro cómo eso dialoga con la soledad. Pero sí creo que la noción de comunidad a veces me resulta problemática, porque “comunizar” algo también implica una intención de homogeneizarlo, y eso es justamente lo que tenemos que evitar.
Ciertamente, para mí el cine siempre ha sido una herramienta de estudio de las personas. Siento que, a través del cine y de la escritura, expando también mi empatía y la forma en la que tengo de entender el mundo y aquello que ocurre.
Después de explorar tantos encuentros y desencuentros en tus películas, ¿qué has aprendido tú sobre la intimidad? ¿El cine te sirve para encontrar respuestas o es un refugio para no hacértelas?


Esta entrevista se publica en junio. ¿Se ha vuelto el Mes del Orgullo un escaparate que solo admite finales felices e historias de éxito?
Creo que hay espacio, pero no podemos poner el piloto automático. Cuando lo ponemos como sociedad es cuando caemos en el reduccionismo y la homogeneización. Creo que es importante, especialmente en el Mes del Orgullo, seguir estimulando el sentido crítico para revisar todas las realidades, todos los discursos, y también el momento en el que estamos y el lugar que ocupamos.
