Christo Casas: Contra la trampa del armario y la marica ejemplar
Christo Casas: Contra la trampa del armario y la m*rica ejemplar


Entrevista: Luis De Gouveia Sousa.
Como periodista, ¿Crees que los medios actuales “venden” la cultura LGBTQ+ de cierta manera para que sea aceptable?
Como periodista, creo que en el momento actual en el que estamos con respecto a los contenidos LGTBI lo que estamos viendo es una nichificación de ese contenido. Los grandes medios, como Grupo Prisa o similares, han creado espacios específicos dentro de su conglomerado mediático para hablar de lo LGTBI: podcasts específicos, blogs específicos, columnas específicas.
Y esto, que en principio debería ser algo que nos alegrara porque significa que hemos conseguido tener espacio en todas partes, en realidad lo que ha hecho ha sido etiquetar ese contenido. Porque antes de que existiera esa separación, probablemente se entrevistaba a una escritora, a un artista LGTBI o a una activista y se publicaba en la parte de contenido general, junto al resto de contenidos, donde lo podía consumir todo el mundo.
Al crear estos nichos o estos guetos dentro de los medios, lo que ocurre es que el contenido LGTBI se produce para ser consumido en exclusiva por público LGTBI. Y eso, de alguna manera, nos está impidiendo alcanzar la universalidad o transformar el mundo, porque nos han arrinconado en espacios diseñados específicamente para lo LGTBI, que solo consume gente LGTBI.
Creo que el ejemplo por antonomasia es el grupo Atresmedia, que está haciendo muchísimo contenido y producción LGTBI, pero para poder acceder a ello tienes que pagar Atresplayer. Ese contenido LGTBI, como las producciones de los Javis, ‘Drag Race’ u otras series con protagonistas lesbianas, se consume previo pago en Atresplayer, mientras que en Antena 3, su cadena en abierto, no se emiten estos contenidos LGTBI. Y esos son los que realmente llegan a toda la población: los de la cadena gratuita y en abierto.
Christo Casas es periodista y antropólogo, pero sobre todo es una de las voces más críticas dentro del activismo actual. Con la publicación de su libro 'Maricas malas', dio un paso al frente que hacía mucha falta: un texto que cuestiona, sin filtros, la obsesión por dar siempre una imagen respetable y analiza cómo el mercado ha terminado convirtiendo la identidad en un producto de consumo más.
Lo bueno de Christo es que no te habla desde la teoría pura, sino desde cosas muy de la calle y del día a día que todos reconocemos. Al final, lo que hace su libro es ponernos un cable a tierra para mirar el colectivo desde un lugar mucho más crudo, honesto y real.
En esta conversación hablamos de todo un poco: de cómo los grandes medios nos han arrinconado en nichos de pago bajo la promesa de la visibilidad; de la trampa del relato del "patito feo" que obliga a la víctima a ser ejemplar; de por qué la salida del armario es una decisión constante y diaria por salud mental; y de cómo el problema de la vivienda, las alianzas de barrio y el placer colectivo son las herramientas que nos quedan para transformar las cosas.
Parece que para existir en el espacio público debemos ser o héroes resilientes o víctimas ejemplares. ¿Es la mediocridad, o incluso la amargura, la última frontera de resistencia para una comunidad a la que se le exige ser brillante para ser tolerada?
Sí, esto lo he teorizado en muchas ocasiones. Siempre hablo de que a las vivencias, a las personas o a las historias LGTBI se les impone el mismo relato, que es el del patito feo. Es ese cuento en el que nos dicen que una persona, cuando es pequeña o joven, sufre LGTBIfobia porque es el más feo de la cuadrilla. Pero con el tiempo, al crecer, se da cuenta de que no hay nada malo en ella, de que ser trans, bi, marica o bollera no es algo negativo, y tras esa iluminación se convierte en un cisne.
Y a partir de ahí puede por fin aceptarse y convertirse en el héroe de la historia, porque ha conseguido sobrevivir a todos esos baches. Este relato, por un lado, pone la responsabilidad de sobrevivir a la LGTBIfobia en la propia persona del colectivo, en la víctima, que es la que tiene que hacer ese viaje para convertirse en cisne. Y por otro, le quita responsabilidad al entorno que ha ejercido esa violencia.
En todo caso, creo que las historias se centran demasiado en el sufrimiento, el trauma y la superación de la herida. Y es necesario poder hablar también, como forma de resistencia, de lo LGTBI como una opción de vida feliz y plena.
No tanto la amargura. Para mí el bastión de resistencia LGTBI es el placer, la felicidad y la alegría, y también el poder contarnos desde ahí, no solo desde historias de dolor, que existen, sino desde el hecho de que ser personas LGTBI también nos ha hecho profundamente felices.


¿Cómo fue para ti este proceso de la salida del closet? ¿Es como esto que explicas?
También es problemática la idea de que la salida del clóset es algo que sucede una vez en la vida y que supone un antes y un después. En realidad, el armario es una herramienta o una institución que está siempre a nuestra disposición. Y yo me sigo metiendo y saliendo de ese armario a diario.
Cuando llegas a un trabajo nuevo tienes que volver a plantearte si sales o no del armario, porque no sabes qué va a pasar ni cómo van a reaccionar las personas que te están dando el dinero con el que llegas a final de mes. O cuando haces un nuevo grupo de amigos, o vas a un bar, o a un pueblo nuevo. Es algo que se plantea constantemente.
A veces la salida del armario es menos violenta y otras veces más violenta. A veces te apetece confrontar una situación que sabes que va a ser conflictiva, y otras veces simplemente te apetece quedarte dentro porque es más cómodo.
Y creo que no se nos puede exigir a las personas LGTBI estar siempre en posición de activismo o siempre dando la cara. A veces también necesitamos el armario por salud mental y para estar tranquilas.
Voy a citar a Sara Torres porque hay una frase que me gusta mucho. Ella decía que, como ya era lesbiana, tenía que ser excelente en todo lo demás. Yo también he vivido ese proceso de exigencia: pensar que, ya que me toleran la “tarita” de ser marica, como mínimo tengo que ser brillante, excelente, muy trabajador y ejemplar en todo lo demás.
Porque ya cargo con esa supuesta “tara”. En el libro Maricas malas, lo que propongo es precisamente abrazar la maldad, nuestros defectos, y asumir que somos imperfectas.
Para mí ha sido un proceso vital: desde que salí del armario con 16 o 17 años e intenté ser la persona más brillante posible para neutralizar las críticas, hasta poder abrazar mi perversión, mis contradicciones y otros lugares como la rabia, la apatía o la tristeza.
Tu título (Maricas Malas) es muy potente. ¿Quién crees que se siente más agredido por ese concepto: la derecha que nos quiere invisibles o esa parte del colectivo que vive obsesionada con la "respetabilidad" y el qué dirán los vecinos?
Para la derecha y la extrema derecha, ni yo ni mi libro existimos. Por eso no han reaccionado. En mi experiencia, sí existe un activismo LGTBI más institucionalizado, con ciertas figuras que han alcanzado cuotas de poder o representación a través de políticas de respetabilidad, que han leído el libro como un ataque personal.
Pero el libro no propone abolir esas vías de activismo, sino abrir otras complementarias que permitan que perfiles distintos al del héroe o la víctima perfecta también sean referentes.
Porque el colectivo LGTBI no necesita solo referentes perfectos, necesita referentes reales. Y eso implica personas imperfectas, con fallos, que se equivocan, que piden perdón, que corrigen, que a veces la cagan, que reparan el daño y que pueden mejorar. Ser, en definitiva, seres humanos, no solo héroes ideales.
En el libro analizas cómo la identidad se ha convertido en un producto. ¿Crees que hemos caído en la trampa de pensar que comprar ciertas marcas o llevar ropa de tendencia sustituye a la lucha política real?
Sí, creo que especialmente después del COVID y tras un par de décadas de neoliberalismo en el Estado español, el activismo y las vivencias LGTBI han derivado hacia formas más individualistas y hacia identidades mediadas por el consumo.
Esto no es exclusivo de las personas LGTBI, es una tendencia general de la sociedad hacia la individualización y el neoliberalismo. También se ve en militancias como la del 8M, donde hay quien considera que militar es comprarse una camiseta de Zara que dice “I’m a feminist”, aunque haya sido cosida por una niña en Bangladesh.
Es una crítica que se hace mucho a los movimientos LGTBI cuando en realidad es un problema estructural de la sociedad en general. En todo caso, sí creo que como colectivo disidente debemos encontrar luchas que nos vuelvan a reunir en lo colectivo, que nos devuelvan a las calles y que nos hagan poner el cuerpo.
Y dejar atrás el activismo en redes sociales, que más allá de los me gusta o la difusión, no está transformando la realidad.




El paso para ser más punk ahora mismo, en un contexto en el que parece que se nos exige encajar en una identidad diseñada a medida, es desidentificarse.
Lo más punk hoy es pasar a una fase de activismo o movimiento postidentitario. Y para eso hay que construir alianzas rebeldes, alianzas inesperadas.
Por ejemplo, la mayoría de las personas LGTBI en el Estado español tienen como principal problema la vivienda. Y cuando hablamos de vivienda, del alquiler, de pagar el sesenta o setenta por ciento del sueldo al casero o al gran tenedor, ahí podemos encontrar alianzas con muchas personas que no son LGTBI pero que comparten el mismo problema.
Es algo parecido a lo que ocurrió cuando parte del colectivo se posicionó contra el genocidio en Gaza. Se decía que era contradictorio porque allí son homófobos, pero ese tipo de discursos eran parte del problema. Y aun así, fue una alianza inesperada que defendía derechos universales.
En el Estado español me parecería muy interesante que el movimiento LGTBI adoptara la bandera del derecho a la vivienda. Es un lugar en el que no se nos espera, pero es probablemente el principal problema del colectivo.
Si tu ensayo es el diagnóstico de una comunidad que ha sido "domesticada", ¿cuál sería el primer paso para empezar a "portarnos mal" y ser más punk?
¿Cómo logramos que el brillo de la celebración no tape las realidades materiales (el alquiler, el mundo laboral, la exclusión) de quienes no pueden permitirse el modelo de consumo que el sistema nos vende como “orgullo”?
Yo creo que afortunadamente en la mayoría de ciudades del Estado ya se están organizando orgullos críticos, contramarchas y organizaciones paralelas a ese orgullo más institucionalizado.
Entonces, creo que afortunadamente se están organizando marchas alternativas que sí llevan por bandera estos problemas materiales y que además demuestran, que para mí es algo esencial del movimiento LGTBI, que la lucha desde la rabia es compatible también con la alegría, con la fiesta y con los placeres.
Porque al final, cuando luchamos, no estamos luchando para perpetuarnos en un lugar de amargura, de dolor o en esa herida. Estamos luchando para salir de ella y para prometerle a las personas que, si luchamos juntas, lo que alcanzaremos es un mundo mejor, donde en algún momento podremos dejar de luchar y ser felizmente quienes somos.
Entonces, cuando los orgullos combinan esa parte de protesta por lo material, esa parte de reivindicación y de lucha por los derechos de las personas más oprimidas, con el hecho de ser un acto festivo, un acto donde podemos bailar, un acto donde podemos hacer la revolución queriéndonos entre nosotras y cuidándonos, me parece que eso le promete al mundo una manera de organizarse mucho más feliz que aquellas maneras de organizarse que exigen solo dolor y sacrificio.
Creo que el placer puede ser una herramienta que una a los colectivos LGTBI con el resto de la clase trabajadora para construir un mundo mejor.
