Carta abierta de Manuelac0re: Cuando la fiesta no es suficiente
Ha llegado junio y, una vez más, el calendario nos recuerda que es el mes del Orgullo. Pero quizás, en un momento como este, conviene preguntarse qué significa realmente celebrar cuando el mundo parece empeñado en desmoronarse.
Carta abierta de Manuelac0re: Cuando la fiesta no es suficiente


Texto: Manuelac0re
Fotos: @josemontes.sh
Ha llegado junio y, una vez más, el calendario nos recuerda que es el mes del Orgullo. Pero quizás, en un momento como este, conviene preguntarse qué significa realmente celebrar cuando el mundo parece empeñado en desmoronarse.
Vivimos rodeadas de guerras, de crisis económicas y de una creciente sensación de agotamiento colectivo. Habitamos una época que parece haber sustituido la solidaridad por el individualismo y la comunidad por el consumo. Una época en la que incluso aquello que necesitamos para vivir -una casa, un trabajo digno, tiempo para descansar- se ha convertido en un privilegio. Una época, en definitiva, en la que mantenerse esperanzada puede parecer un acto de ingenuidad.
Pero la desesperanza nunca nos ha pertenecido.
Porque antes de nosotras hubo otras personas que conocieron tiempos mucho más duros. Personas que vivieron bajo leyes que las criminalizaban, que fueron expulsadas de sus hogares, de sus trabajos, de sus familias. Personas a las que se les negó el derecho a existir y que, aun así, decidieron hacerlo de todos modos.
No se escondieron. No esperaron a que nadie les concediera permiso. Salieron a la calle. Se organizaron. Se cuidaron entre ellas. Construyeron comunidad allí donde solo había abandono. Y gracias a esa rabia, a esa ternura y a esa voluntad obstinada de seguir vivas, hoy ocupamos un lugar que jamás nos fue regalado.
Por eso conviene recordar que el Orgullo nunca nació para hacernos sentir cómodas.


No nació para convertirse en un producto. Ni en una campaña de marketing. Ni en un desfile despolitizado diseñado para tranquilizar conciencias. Nació del conflicto. Del cansancio. De la violencia. De la necesidad urgente de responder a un sistema que había decidido que ciertas vidas valían menos que otras.
Y quizá por eso resulta tan peligroso olvidar de dónde venimos.
Porque los derechos no son una línea ascendente. Porque ninguna conquista es irreversible. Y porque la historia nos ha demostrado demasiadas veces que aquello que se deja de defender termina por perderse.
En los últimos años hemos aprendido a celebrar, y está bien. Nos hemos ganado el derecho a la alegría. Pero celebrar no puede ser lo único. La fiesta, por sí sola, nunca ha sido suficiente.
También necesitamos volver a mirarnos entre nosotras. Volver a construir redes. Entender que existimos mucho más allá de la lógica del mercado, de los espacios que nos convierten en una estética, una tendencia o una cuota de diversidad temporal. Negarnos a ser cuerpos intercambiables en un escaparate dispuesto a sustituirnos en cuanto aparezca algo nuevo que vender.
Porque si algo nos ha mantenido con vida nunca ha sido el reconocimiento institucional, ni la aceptación de las grandes marcas, ni la promesa de una integración completa. Lo que nos ha sostenido siempre ha sido la comunidad.


La certeza de que, cuando desde fuera se nos ataca, cerramos filas.
La certeza de que nadie llega sola hasta aquí.
La certeza de que, frente a una época obsesionada con el yo, quizás nuestra respuesta más radical siga siendo el nosotras.
La noche, el club y la pista de baile han sido refugios. Lugares desde los que imaginar otros mundos posibles y desde los que ejercer una libertad que fuera de ellos parecía inalcanzable. Pero conformarse con ser libres durante unas horas nunca debería bastarnos. La posibilidad de existir plenamente no puede limitarse a un espacio concreto ni depender de la excepción.
Porque no hemos luchado para ser toleradas entre cuatro paredes.
Hemos luchado para vivir.
Y si algo nos enseñaron quienes estuvieron antes es que incluso en los momentos más oscuros, cuando todo invita al cinismo y al repliegue, todavía existe otra posibilidad.
La de salir ahí fuera.
La de cuidarnos.
La de organizarnos.
La de volver a imaginar un futuro.
Porque, como tantas veces antes, el momento del cambio vuelve a ser ahora.
