Carta abierta de Fito Conesa: Campos semánticos y alianzas improbables
El fascismo in crescendo ha multiplicado exponencialmente la capacidad de lo queer para abrir grietas. Para habitar recovecos nuevos. Para reinventar, una vez más, el existir. Y también para volver a negociar (a veces de manera forzada) qué entendemos por espacio seguro, por lugar propio, por casa.
Carta abierta de Fito Conesa: Campos semánticos y alianzas improbables


Texto: Fito Conesa
Fotos: Enrique Martínez Bueso, Antonio Gil, Juan Carlos Caval.
Especial Orgullo 2026
El fascismo in crescendo ha multiplicado exponencialmente la capacidad de lo queer para abrir grietas. Para habitar recovecos nuevos. Para reinventar, una vez más, el existir. Y también para volver a negociar (a veces de manera forzada) qué entendemos por espacio seguro, por lugar propio, por casa.
Cada una tiene su constelación. Un cielo privado donde los astros que gobiernan ciertos días aparecen más o menos brillantes. Algunos son una luz casi insoportable; otros apenas un parpadeo cómplice. Otros llegan como un meteorito metálico, atravesándolo todo.
Pero todas tenemos una.
Esa especie de combinatoria musical que dibuja formas en el cielo y que requiere bastante fantasía para ser vista. La mía la tengo bastante localizada.
Hace un par de años, de manera abrupta, esa constelación dispersa se convirtió en algo mucho más terrestre. Un campo semántico. Sin metáforas. Palabras que seguían funcionando como conceptos pero que de pronto señalaban algo tangible. Lo invisible revelado. Lo oculto convertido en herramienta. En conocimiento.
Permitidme ser la Spice intensa durante unas líneas y celebrar nuestra flexibilidad emotivo-lingüística. Nuestro superpoder.


Porque existe un campo semántico íntimo que sólo se activa cuando alguien escucha una palabra que una deja caer con todo su peso. Entonces la escucha ajena se vuelve cómplice. Una cabeza gira. Una mirada encuentra la tuya. Flechazo semántico.
El amor, de hecho, y si existe tal cosa (yo sigo siendo firmemente team Sí al Amor), es una acumulación de campos semánticos construidos entre varias personas, entre dos o incluso en soledad. Una colección de palabras, referencias, diminutivos absurdos, nombres propios y deformaciones del lenguaje que van construyendo un lugar donde quedarse un rato.
No voy a pedir perdón por este trabalenguas ni por este viaje nominal. Tampoco por haber invertido horas viendo series de adolescentes gays enamorándose en institutos. Ni por sentir que algunos de los espacios que todavía mantienen encendida alguna cosa de la noche barcelonesa existen porque los construimos nosotras.
Pero también hay algo profundamente liberador en dejar de decir mío. En entender que ese posesivo no es exactamente un posesivo o que, en cualquier caso, siempre está sujeto a una temporalidad. Esto fue mío. Esto fue nuestro.


Y ahora toca seguir abriendo camino, seguir habitando los amores otros y construyendo nuevos campos semánticos, seguir haciendo resistencia comunitaria, no por la que viene sino por la que ya tenemos encima. Porque los conocemos y sabemos perfectamente cómo funcionan. Sabemos de su obsesión por fijarlo todo, por nombrarlo todo una sola vez, por ordenar los cuerpos, los deseos y las vidas para que encajen en categorías inmóviles.
Lo que no entienden es la mutación. No entienden esa capacidad que tenemos para desplazarnos, para reinventarnos, para aparecer en lugares donde nadie nos esperaba y construir refugio con muy poco. No entienden las alianzas improbables, las familias escogidas ni las formas de afecto que nacen cuando todo invita al repliegue.
Y mucho menos entienden las palabras, que quizá han sido siempre nuestra forma más eficaz de reconocernos, de encontrarnos en mitad del ruido y de seguir imaginando mundos más grandes.
A Sid, Alberto, Rocío y Laura.
