Ainhoa Bolaños: Body horror, barrio y la necesidad de un cine queer indisciplinado
Ainhoa Bolaños: Body horror, barrio y la necesidad de un cine queer indisciplinado


En 'Extrañas Criaturas' usas el rosa y el pop para contar una historia de terror corporal en Vallecas. Frente al drama gris del cine queer tradicional, ¿buscas romper con la solemnidad del trauma o es una trampa para colar una violencia más cruda?
Muchas veces el cine queer ha estado muy ligado al dolor contado desde una estética gris, casi como si hubiese que justificar nuestra existencia a través del sufrimiento, y a mí me interesaba romper con eso. En ningún momento negar la violencia o el drama, porque Extrañas Criaturas habla de cosas bastante crudas, -relaciones tóxicas y codependencia maternofilial- , sino explorar cómo conviven con otros lenguajes visuales y emocionales. Además, mezclar lo cotidiano, el trauma y las ansiedades con la transformación corporal es parte de mi sello como autora y de la dirección que quiero tomar con lo que escribo. Me interesa usar el body horror no solo como algo visual o grotesco, sino como una forma de materializar emociones, tensiones sociales o conflictos internos que a veces son difíciles de verbalizar. Que el cuerpo acabe absorbiendo todo eso.
Otra de las cosas es, que para mi hay algo muy político en desplazar la mirada hacia el barrio. Vengo de un contexto obrero y siento que muchas veces el cine mira estos espacios desde un lugar muy privilegiado. O se romantizan o se convierten en símbolo de marginalidad. Yo quería huir de ambas cosas y pensar qué pasa cuando lo queer reapropia esos espacios y los convierte en el centro de lo fantástico, del deseo o incluso del horror.
Me interesa coger lugares que ya hemos visto muchas veces en el cine -los bloques de pisos, las discotecas de extrarradio, los descampados, los parkings- y llevarlos a otro imaginario. Convertir Vallecas en un universo fantástico sin perder su verdad: una historia de body horror también puede suceder aquí. Nose, pienso en que sería el match perfecto si se mezclara el cine de Julia Ducournau con el de Lukas Moodyson o incluso el cine kinki de los años 80.
Por el desarrollo hacia dónde está yendo la película, no se cuánto protagonismo tendrá el rosa actualmente, pero tampoco pienso que tenga que haber una justificación real, ¿no? Con esta película quiero romper un poco con las reglas del propio género, mezclar distintas tonalidades, texturas y llevarlo a un terreno propio. Igual que la película rompe con lo binario en su contenido, también quiero que eso se traslade a rotura de la forma y a las propias reglas del género: que no haya una obediencia clara a las estructuras o expectativas de género cinematográfico, sino una especie de hibridez constante. Que la película se mueva igual que sus personajes y su mundo: de manera indisciplinada, cambiante y difícil de encajar en una sola categoría.
Ainhoa Bolaños es una de las voces jóvenes que está empezando a abrirse camino en el cine independiente español. Guionista y directora, su propuesta se aleja de los dramas tradicionales del cine LGTBIQ+ para adentrarse en territorios menos transitados en España: el cine de género y el body horror.
Su primer largometraje en fase de desarrollo, Extrañas Criaturas, fue seleccionado en las Residencias de la Academia de Cine y plantea una historia de licantropía y mutación corporal ambientada en el barrio madrileño de Vallecas. Con referentes que van desde la radicalidad física de Julia Ducournau hasta el cine kinki de los años 80, Bolaños utiliza la transformación de la carne no como una simple moraleja de autoaceptación, sino como una vía para explorar de forma visceral el deseo, la clase obrera y los conflictos emocionales.
En esta conversación, realizada dentro del marco de nuestro contenido especial por el mes del Orgullo 2026, hablamos con ella sobre el auge del terror queer, la capitalización de la disidencia por parte de los algoritmos de las plataformas, la validez de las etiquetas en la industria y la posibilidad de seguir utilizando la incomodidad como una herramienta de protesta política frente a un Orgullo cada vez más comercial.




Hoy se usa mucho al monstruo como metáfora de la disidencia. Cuando el monstruo se vuelve predecible, pierde su peligro. ¿Cómo evitas que la mutación de tus personajes se quede en una simple moraleja de autoaceptación?
Es verdad que en este caso la protagonista de la película es una persona no binaria, así que el body horror tiene muchísimo que ver con la transformación corporal en relación a eso, con la mutación física y de la carne. Pero me interesaba que no se quedara simplemente en una metáfora cerrada o en una lectura de autoaceptación más predecible.
Más allá de la identidad, hay algo que me interesa muchísimo y es la somatización del cuerpo. Muchas veces el cuerpo habla muchísimo antes de que podamos racionalizar lo que nos está pasando. Las ansiedades, el deseo, el miedo, la culpa o el trauma aparecen primero físicamente. Entonces me interesa llevar todo eso al cuerpo y hacer que la transformación corporal sea una consecuencia emocional y afectiva, no solo simbólica.
La película tampoco habla únicamente de una mutación ligada al crecimiento adolescente o a una transición identitaria. Tiene mucho que ver con romper un vínculo de codependencia maternofilial y con el despertar sexual de la protagonista. Entonces el cuerpo acaba transformándose por muchas capas distintas a la vez: por el deseo, por el trauma, por el miedo a separarse de la madre, por la necesidad de transformarse.
Y también hay algo que me interesa especialmente y es mezclar el horror, la violencia, con el amor y la belleza. Quiero que el cuerpo se convierta en el lugar donde todas esas contradicciones conviven a la vez. Que la monstruosidad no sea solo algo oscuro o violento, sino también algo atravesado por el deseo, el afecto y la necesidad de amor.
Sí, 100%. Al final el body horror habla de cuerpos que mutan, que rompen sus propios límites y dejan de responder a una idea fija o normativa de identidad. Y creo que eso conecta muchísimo con las experiencias queer, no binarias, transmasculinas o transfemeninas. Con entender el cuerpo no como algo cerrado, sino como la carne puede mutar y transformarse.
Para mí una película clave en ese sentido fue Titane. Julia Ducournau es uno de mis grandes referentes y es el camino hacia donde quiero dirigirme cómo autora. Es como si fuera una revisitación queer en muchos aspectos de Crash, ¿no? de David Cronenberg. Dónde su cine lleva el cuerpo más hacia lo mecánico, lo tecnológico o lo sexual desde un lugar muy radical y fetichista, eso me encanta.
Con 'Extrañas Criaturas' al final es un poco lo que quiero hacer también, poder mezclar distintos códigos para llevarlos a un terreno propio.
También siento que en España todavía falta mucho espacio para un body horror queer de este tipo. El cine de género sigue siendo bastante masculino y bastante clásico en muchos aspecto y con ciertas estructuras muy tradicionales. Por eso me interesa tanto poner sobre la mesa la relación entre cine LGTBIQ+ y el horror, porque para mí están profundamente ligados. Ojalá se empiece a apostar y a arriesgar por películas que lleven el body horror hacia lugares más raros, más híbridos y más queer. Ojalá pronto 'Extrañas Criaturas' jajajaja.
¿Crees que hay una relación entre el body horror y la cultura LGBT?


En junio, las plataformas crean la categoría "Orgullo" y meten todo en el mismo saco. Como creadora, ¿cómo se sobrevive a un algoritmo que convierte la disidencia en un producto de consumo masivo y sin aristas?
Creo que hay un hartazgo bastante grande con la forma en la que muchas plataformas convierten lo queer en una categoría de consumo, casi como un algoritmo más. En junio suelen meter todas las historias en el mismo saco y muchas veces parece que la representación responde más a una estrategia de mercado que a un interés real por ciertas voces. Hay una capitalización enorme del colectivo, no solo en el cine, sino en el arte en general.
Pero al mismo tiempo, creo que, si ahora se están abriendo ciertas puertas que antes estaban totalmente cerradas, también hay que aprovechar ese espacio para intentar colar historias más incómodas, más raras o más personales. Historias lésbicas, queer o disidentes que quizá hace unos años eran imposibles de producir dentro de ciertos circuitos.
El problema es que muchas veces las miradas que hay detrás de proyectos con personajes LGTBIQ+ no pertenecen realmente a personas queer. Y eso se nota muchísimo. Hay propuestas que utilizan la disidencia casi como una estética o una etiqueta, pero que luego no entienden realmente las complejidades, contradicciones o violencias que atraviesan esas experiencias. Muchas veces incluso se simplifican para que sean más consumibles o más fáciles de empaquetar dentro de una plataforma.
Y también siento que sigue habiendo una blanquitud y una mirada muy privilegiada detrás del audiovisual. Aunque haya más personajes disidentes, muchas veces siguen perteneciendo al mismo tipo de universo social, económico o racial. Por eso creo que cuando hablamos de diversidad no puede quedarse solo en la orientación sexual o la identidad de género; también tiene que haber diversidad de clase, de raza, de contextos y de miradas, tanto delante como detrás de la cámara.
Para mí lo interesante sería aprovechar esta apertura sin perder las aristas. Intentar hacer películas que no estén totalmente domesticadas por el algoritmo. Porque al final, si las historias queer dejan de incomodar un poco al sistema y se vuelven completamente previsibles o consumibles, también pierden parte de su fuerza.
Por una parte, puedo entender el rechazar la etiqueta porque se les encasilla en ello, ya que las películas pueden encasillarse a ciertos espacios muy concretos. Pero, sinceramente, yo no tengo ningún conflicto con eso, todo lo contrario. Si me llaman para hacer proyectos lésbicos o queer, y encima dentro del cine de género, el terror o lo fantástico, encantada. Es exactamente el tipo de cine que me interesa hacer como autora y el lugar desde el que quiero crear.
Además, para mi, más que una limitación, es un espacio desde el que trabajar con libertad, y también desde el que reivindicar. Como lesbiana, he crecido sin apenas referentes durante mi adolescencia, además viniendo de una provincia. Por eso no me incomoda la etiqueta, al contrario: me interesa.
También creo que, poco a poco, se está abriendo la posibilidad de que este tipo de cine salga de los márgenes y entre en circuitos más amplios. Que festivales como Berlin incluyan secciones o premios como los Teddy Award ayuda precisamente a que estas películas no se queden únicamente en espacios queer, sino que dialoguen con públicos mucho más amplios.
Y ahí es donde me interesa situarme: no tanto en el rechazo de la etiqueta, sino en su expansión. Creo que la aspiración real es que este tipo de cine pueda llegar a ser mainstream, que deje de percibirse como algo fuera de la norma y puedan empezar a estar en el centro.
Muchos directores rechazan la etiqueta de "cine queer" porque sienten que los encasilla. A día de hoy, ¿esta etiqueta sigue siendo un espacio de resistencia o es solo una marca de marketing que limita al autor?




100%.. De hecho, yo a la carroza como tal del orgullo me da un poco de cringe, suelo ir al orgullo crítico. Creo que hay algo que se pierde bastante en la propia festividad. Y también es verdad que la fiesta es necesaria: tiene que existir ese espacio de disfrute por lo que se ha conseguido hasta ahora, por la reivindicación del deseo, las amigas y por la propia comunidad. Pero al mismo tiempo hay una capitalización muy grande, y eso es innegable. Muchas veces parece que el propio colectivo se convierte en una imagen, en un producto más dentro del mercado.
Es un poco lo que hablábamos antes: hay una sensación de que se nos utiliza, de que la disidencia se vuelve estética o incluso marca, pero en Junio. Incluso la bandera del arcoiris, es la que se utiliza en esa capitalización, que no siento ni que me represente en absoluto.
Por eso creo que sí, que el cine -y especialmente el cine que trabaja desde el horror, la incomodidad o lo queer- , sigue siendo un espacio muy potente de protesta. Porque permite volver a introducir lo incómodo, lo no domesticado, lo que no encaja del todo en la celebración. Y ahí es donde todavía puede aparecer algo político.
El Orgullo nació como una revuelta y hoy es una fiesta patrocinada por marcas. Para alguien que trabaja con el terror y la incomodidad: en pleno mes de celebración, ¿puede el cine seguir siendo un espacio de protesta real o la fiesta comercial nos ha anestesiado?


